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Cuando la mentira es la verdad

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Repetidamente escuchamos en nuestros representantes políticos discursos sobre la desigualdad a la que se somete a la sociedad, discursos altisonantes contra el poder que son dichos, paradójicamente, desde el mismísimo poder: presidentes, gobernadores, intendentes, funcionarios o aspirantes a serlo. Pero el resonado caso del “Vacunatorio VIP” terminó por desmantelar la hipocresía que baña a buena parte de nuestra dirigencia.

Seguramente la situación indigna de por sí. Ya es suficientemente dañino para el país (y para la moral de una sociedad) que un grupo de personajes haya tenido acceso a la vacuna contra el coronavirus gracias a sus contactos o a su posición. Pero lo es aún más que aparezcan en esa lista algunos nombres como el del empresario Florencio Aldrey Iglesias y tres de sus sobrinas. Es la gota que rebalsa el vaso.

Y es más dañino porque Iglesias representa lo peor de lo peor en materia de relación entre poder político y poder empresarial. Dueño de multimedios monopólicos (y hegemónicos también) y propietario de espacios públicos ganados en dudosas concesiones, Iglesias es un personaje oscuro que ha cimentado su poder ahogando todo tipo de opiniones y miradas divergentes. Es, en toda norma, uno de esos poderosos que a nuestra casta política le gusta señalar (sin nombrar, claro, porque tampoco la pavada…) para la demagogia cotidiana.

 

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Una imagen, como la que ilustra este texto, vale más que mil palabras. El actual intendente Guillermo Montenegro, la titular de ANSES Fernanda Raverta (que no fue intendente por unos pocos votos), el ex presidente del Concejo Deliberante Guillermo Sanz Saralegui, el legislador radical Maximiliano Abad.

Todos, sin distingo de credo político, rindiéndole pleitesía al empresario número uno de Mar del Plata. Juntos por el Cambio, Frente de Todos, kirchneritas, macristas, radicales, ex arroyistas. Están todos. Y la foto es una síntesis, podríamos armar un álbum de miles de páginas con jefes comunales, provinciales, nacionales, funcionarios y gente del poder “besando el anillo” de Don Aldrey.

Funcionarios y políticos que no se acercan a un barrio cuando la gente los requiere, pero que no dudan en ir a saludar al “dueño de la ciudad” cuando La Capital cumple años.

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