Carta de Lectores

Venezuela hoy

481342029Eduardo_RomaninArrecho significa en el lenguaje diario del venezolano enojo, bronca, molestias. Estar arrechos es sinónimo de estar con bronca, con malestar o molestias por algo o con alguien. Cuando esa palabra refleja un estado de ánimo colectivo, el gobierno de turno tiene que estar preocupado. Para alguien que vivió más cinco años exilado de la dictadura militar en ese solidario país, volver a percibir ese clima de decepción y pesimismo, es poco alentador, más bien doloroso y generador de preguntas que con diferentes resultados se hacen los propios venezolanos.

Ocurre que es difícil de explicar que un país inmensamente rico, con petróleo abundante-el mayor reservorio del mundo-diamantes valiosísimos, una tierra fértil en el Estado Zulia que es la tercera pradera fértil del mundo con tierra clase Humus, con yacimientos de hierro, playas turísticas en todo su territorio y en definitiva, una geografía sumamente generosa que hizo que sus habitantes tuvieran una vida durante generaciones, se encuentre en un estado de postración colectiva palpable. Si a todos estos atributos naturales o dones de la naturaleza, le sumamos el carácter y la forma de encarar la vida por parte de sus habitantes, encontraremos la razón por la cual durante décadas se consideró a Venezuela “el paraíso de América” y sus visas de residente fueron las más cotizadas en el continente. Fue la envidia de sus vecinos colombianos y un verdadero faro de irradiación democrática en todo el Caribe y hoy es motivo de preocupación generalizado con algunos pronósticos agoreros en cuanto a su futuro inmediato.

Sin embargo,  al convivir casi un mes con el alicaído pueblo, uno entiende que el casi 200% de inflación, el creciente desempleo, la temible y muy presente sombra del desabastecimiento, con una inseguridad altísima que hace temer por la aparición de los temidos escuadrones de la muerte en los barrios caraqueños, y sobre todo la declinación manifiesta de su Presidente, Nicolás Maduro, generen  la sensación de estar en otro país y nos invada suma tristeza a los que conocimos la IV República venezolana. Salarios mínimos que no superan los 10 dólares mensuales y salarios medios que llegan con suerte a 30 USA mensuales. Cuando el sueldo de un profesor universitario con dedicación a tiempo completo es presentado como un logro por el Gobierno por llegar su monto  a los 50 dólares, hay preguntas para hacerse. Cuando las colas, en los centros de racionamiento superan las 18 horas para retirar apenas 4 o 5 productos básicos-en su mayoría luego revendidos en el mercado negro- y cuando conseguir un remedio se acerca mucho a una hazaña que sufrí en carne propia, uno empieza a entender el enojo.

Cuando el dólar paralelo se cotiza a un 500% más que el oficial y abre la puerta a enormes negociados de funcionarios del Estado. O cuando bajo la excusa del contrabando hormiga se cierran fronteras con Colombia (salvo aquellas del Estado Apure permeables al narcotráfico) y se expulsa a pacíficos ciudadanos de ese país que hacía más de 40 años que vivían en Venezuela surge inmediatamente la pregunta del porque y la creciente certeza de que algo pasa y algo huele mal, no en Dinamarca, sino en el país bolivariano.

También, el partido militar y un partido de cuadros, el PSUV, se encierran y se convierten en el sostén autoritario del gobierno, Condenas irrisorias a políticos opositores, caso López y más de 70 presos políticos, muestran debilidades que en épocas de Chávez no surgían. El Fantasma del Comandante ronda entre oficialistas y opositores pero lo cierto es que su continuador más que Maduro parece estar verde para la situación que se vive.

Y encima los precios del petróleo-casi única fuente de ingresos de divisas- se mantiene estabilizado a la baja y se prevén nuevas reducciones. El proceso de sustitución de importaciones ha retrocedido y hoy casi un 70% de los alimentos que se consumen se importan a costos altísimos mientras que la diplomacia del petróleo encontró su techo en el conflicto con Guyana.

En suma, la falta de credibilidad del aparato o nomenclatura gobernante, auguran tempestades que como me confesaba un amigo exilado que se nacionalizó venezolano, provocan que la palabra SOCIALISMO sea mirada con desconfianza por las próximas generaciones. Y esto porque el socialismo es sinónimo de ampliación de libertades, de liberación económica y no de explotaciones vida digna con educación pública en todos los niveles y sobretodo de un principio básico de igualdad que hoy falta en Venezuela. Los jerarcas viven en la abundancia, la clase media se siente perseguida y los trabajadores explotados con salarios que apenas garantizan la supervivencia.

No se puede hablar de construir socialismo o una sociedad más justa cuando el grueso de sus trabajadores no alcanza a cobrar más de 30 USA mensuales y el aparato estatal se hace más cerrado y menos participativo para quienes no comulgan con los gobernantes de turno. Las libertades se achican, mientras las cuentas en Miami se multiplican y el desabastecimiento se expande en todo el territorio para que los “bachaqueros” amparados por la Guardia Nacional hagan del contrabando la industria más prospera de la Venezuela de Maduro.

Es cierto que la baja del precio del petróleo los perjudicó y que los planes de intercambio en el Mercosur fracasaron en sus metas de lograr el autoabastecimiento alimentario. También es verdad, como me lo confeso un alto funcionario latinoamericano, que las expropiaciones-más de 500- resultaron absolutamente negativas generándose así crisis productiva en muchos sectores y que la inversión privada se detuvo bruscamente ante la incertidumbre del futuro inmediato.

Su alianza con China en lo económico no parece alcanzar para dar las respuestas que la situación exige y las reservas monetarias se enflaquecen mes tras mes y alimentan así el crecimiento del dólar negro. No importa que el transporte público sea sumamente barato y que la gasolina sea prácticamente gratis para todos, cualquiera sea su poder económico. Tampoco les cambia el  humor, los logros que en materia educativa se han verificado ni los beneficios en materia de salud para los más pobres o los intentos de tener una diplomacia menos agresiva a través de una política externa multilateral. El venezolano está enojado y se pone molesto con sus gobernantes y los critica en voz alta sin tener miedo a represalias y haciendo sentir que el país sigue siendo una democracia. Golpeada, agredida pero DEMOCRACIA al FIN.

Cuesta admitirlo porque Venezuela es un país querible y al que los latinoamericanos debemos agradecerle muchas vidas, pero tengo que reconocer que el pueblo venezolano tiene fundadas razones para sentirse ARRECHO. Ojalá los próximos días marquen otros caminos, que la grieta se acabe, y que los puentes entre los venezolanos funcionen. La memoria de muchos latinoamericanos así lo exige y así hacerlo, SERA JUSTICIA.

Eduardo Romanín.

Candidato a Diputado nacional por el PSA en Progresistas.

 

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