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Las megaferias de Mar del Plata son un éxito de gente que compra trucho y barato

rambla-turistas-compran-pausa-frescos_CLAIMA20150129_0019_27Con sólo $ 300 se pueden comprar una copia de anteojos Ray Ban, un traje de baño estridente y un bolso de cuerina de Tommy. Cada vez que el clima no acompaña –y este enero ocurrió seguido–, las ferias“saladitas” de Mar del Plata literalmente explotan. Por las noches, siempre. Lookearse sin tener que entregar la billetera es una tentación. El shopping con vendedorcitos hipster de revistas acá no va. En Mar del Plata hay mercado suficiente para todos.

En las ferias, predominan dos vertientes: los chicos jóvenes que compran de todo para ir a la playa y (di)simular que se tiraron la billetera encima. ¿Las chicas se sorprenderán por eso? ¿Miran si los anteojos son auténticos? Y también pasean las familias que buscan precios accesibles para que los nenes vuelvan a casa con ropa nueva. Por los pasillos estrechos se codean todos, enamorados de las cosas. Tienen el afán de cumplir el sueño capitalista de regatear y bajar el precio todavía más.

“Me llevó dos remeras Quicksilver por $130”, le cuenta a Clarín Alejandro Merlos, un turista de Avellaneda que sale contento de una de las ferias, en San Martín al 2200. Jorge, de 23 años, se lleva zapatillas símil cuero con el logo de Lacoste. Se ven idénticas. “Son como las originales, pero en un negocio oficial no salen menos de $ 800”, se entusiasma. Solucionó todo con $ 230. Pero, ¿qué pasa si duran poco? “No importa: son para tirar facha un par de días”, dice entre risas.

La mezcla de productos roza lo kitsch. Churros o sándwiches, protectores solares a menos de $100, anteojos con aumento –los oftalmólogos los desaconsejan– a $ 40, películas truchas, puestos para estampar una foto de vacaciones en remeras a $90, buzos y mochilas “de marca”, carteras, anillos dorados, relojes. También llaveros de equipos de fútbol a $ 15 y los infaltables caracoles de mar que cambian de color según el clima.

El motor es el mismo que en los estratos económicos altos. El deseo de consumir en vacaciones. “Siempre me compro zapatillas Nike”, confirma Sebastián, un adolescente que se prueba el par aún sabiendo que no son originales, en la zona de la calle San Martín.

Aunque el pensamiento se va automáticamente a la competencia desleal con otros negocios –de hecho, los dueños de locales denuncian permanentemente a las saladitas-, estos mercados desprolijos parecen mantener, en parte, el movimiento económico informal.

“Si buscás, encontrás cosas de calidad; en otros negocios, los precios son prohibitivos”, argumentó Angela, una abuela que el martes a la noche paseaba con nietos y marido por Ferimar, en Juan B. Justo al 600. Allí, el paseo de compras “low cost” se completa con recitales en el patio de comidas. Algunas noches, presenta su show tropical Daniel “La Tota” Santillán. Otras, hay espectáculos de cara a las familias que cenan pizza de cantantes que copian como pueden ritmos de la bachata, la cumbia y el reggaeton. Para los que se animan a subir al escenario a bailar, el premio va desde una botella de Fernet con Coca hasta un par de ojotas que dona un stand.

Ese comercio urgente se mimetiza, incluso, con símbolos perimidos. En la galería Dos Mundos, donde existió el mítico restorán Ambos Mundos, todavía se ve el mural del viejo local. Pero ahora se venden fundas para celular y auriculares de una marca parecida a Sony. Por las noches, la estética popular continúa en calle Rivadavia. Deambulan hombres disfrazados del asesino de martes 13, que asustan y piden propina; un tarjetero de una obra de teatro vestido de Peter Pan camina cerca de dos chicas con gorro de lentejuelas y shorts apretadísimos que paran a los turistas para vender algo. Se ven caricaturistas callejeros, tatuadores con henna y hasta a un ajedrecista que juega, en medio del gentío, ocho partidas a la vez con los turistas.

Clarín

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