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La muerte de Antonio Pereira

pereiraMurió un hombre ejemplar, como otros muchos que lo antecedieron en el viaje a la inmortalidad, cerró los ojos siendo fiel en el último suspiro a su trayectoria de vida. Fue “el honesto político marplatense” que llegó más alto en el escalafón de esa difícil carrera: fue vicepresidente primero de la Cámara de Diputados, durante el gobierno de Arturo Frondizi, jamás cambió su personalidad, siempre fue el mismo, el que se convirtió en la mano derecha del escribano Roque Vilas (padre del tenista Guillermo Vilas) y el hombre de confianza de Arturo Frondizi.

El, recibió en Punta del Este las instrucciones reservadas que el Presidente Desarrollista hizo llegar al Canciller Miguel Ángel Cárcano para que votara cuando se juzgaba la permanencia de Cuba en la Organización de Estados Americanos.

Hubo otros que también llegaron alto en la política: pero Antonio Pereira -de él se trata- murió sin cambiar su personalidad, sin enriquecerse, sin exhibirse en palacios suntuosos ni provocar exclamaciones por manejar un vehículo caro. Vivió en un departamento de Belgrano y España y cerró sus ojos, estando con su hija Graciela, en otro, confortable pero accesible a cualquier ciudadano de clase media, en La Rioja y Bolívar.

Tuve la inmensa suerte de que me considerara su amigo. Y que me ayudara a escribir panoramas políticos en el diario La Capital (como hizo con Juan Mario Duhalde), en Crónica de Buenos aires y en mi paso por El Atlántico.

Hubo otros marplatenses que llegaron más alto, pero Antonio Pereira fue fiel a su barrio platense, a su club, Estudiantes y a sus amigos. Nadie sospechó, nadie lo investigó, porque de antemano se reconocía su conducta ética.

Hizo mucho por Mar del Plata y jamás se pavoneó por esos logros. Su impronta jamás se alteró: yo lo conocí en la cúspide y en el llano; en el casino, en una noche de triunfos y en otras, de fracasos. Jamás cambio, su personalidad siempre fue “Antonio Pereira”, el amigo, el compañero, el ser solidario que dejaba toda su actividad para ayudar a un desposeído en realizar trámites necesarios para que cambiara esa situación.

En una sociedad de seres que pugnan por destacarse,  Antonio optó por ser fiel al “muchacho platense” que se radicó en Mar del Plata, allá por 1948.

Un solo gesto lo pinta de cuerpo entero: había sido designado por el gobernador Oscar Alende como Director general de Gobierno de la Provincia de Buenos Aires, y aunque vivía de un sueldo, renunció de inmediato, por solidaridad con Arturo Frondizi quien había sido derrocado como Presidente de la Nación, elegido  por el voto de los argentinos.

Sería interminable describir las cosas que hizo “por su ciudad adoptiva, Mar del Plata”. Entre otras, logró que la Provincia transfiriera al municipio marplatense los derechos sobre la Estación Nueva, donde hoy se alza el Paseo Aldrey. También tuvo que ver con el Indec y otras instituciones ganadas para el erario marplatense. No existe persona o institución que pueda atestiguar que Pereira no hizo lo indecible por ayudarle, extenderle su mano franca.

Hombre de memoria prodigiosa a sus 91 años, (había nacido en La Plata el 16 de noviembre de 1925) escribió un opúsculo sobre las Islas Malvinas, y lo hizo de un tirón,  recordando acciones y leyes que demostraban fehacientemente la legitimidad del reclamo argentino.

Antonio Pereira siempre fue el mismo: recordaba hechos que, para cualquier otro hubieran sido el súmmum de una existencia, como situaciones irrelevantes, que “me tocaron a mí porque yo estaba en ese lugar, en ese momento”.

Cuando murió el Presidente Juan Domingo Perón, estaba a cargo de la Cámara de Diputados de la Nación y tuvo que hacerse cargo de la organización del funeral, entrevistarse con Isabel Martínez, supervisar las invitaciones, atender al cuerpo diplomático, e impartir directivas. La situación no era fácil por las divisiones y enfrentamientos que agitaban la vida política.

Todo salió a la perfección.

Dos veces honró la diputación nacional. Fue hombre de confianza del Presidente Frondizi a quien no vaciló en seguir cuando la famosa división ideológica que posibilitó el nacimiento de la UCRI.

Sería imposible sintetizar la vida política de Antonio Pereira en una hoja de diario: interventor del MID en Tucumán, autor de una biografía de Juan Perón, historiador que podía recordar la nómina de presidentes de la Nación desde Bernardino Rivadavia a la fecha pero, fundamentalmente, un tipo auténtico, que seguía siendo el vecino humilde, que celebraba o lamentaba el triunfo o la derrota de su querido Estudiantes de La Plata…

Otro hecho lo muestra de cuerpo entero: hasta hace días estuvo preocupado estudiando la difícil situación creada por el aumento del gas, la luz y otros servicios; se había recluido en su domicilio buscando una solución que posibilitara una salida salomónica que no afectara la marcha institucional de la República.

Toda su vida fue trabajo.

Descanse en Paz, querido Antonio Pereira, que su hija Graciela y sus muchos amigos, se encargarán de recordar todo lo que hizo por la Patria, por Mar del Plata, por sus amigos y por todos aquellos que, en algún momento, se acercaron a Usted para exponerle un problema: jamás los defraudó…

Oscar Gastiarena

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