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El tandilense de las paredes con Maradona y Bochini

Héctor Arrieta fue compañero de Diego en Argentinos Juniors. En Independiente, ganó el Nacional ’77 junto al “Bocha”. Se formó en Santamarina y con la selección tandilense jugó la recordada final ante Tucumán.

Maradona y Arrieta, compañeros en Argentinos.

 

Héctor Arrieta tuvo el privilegio, no sólo de ser contemporáneo, sino también de compartir plantel con dos verdaderos próceres de la historia del fútbol argentino.

En 1977, desembarcó en Independiente de Avellaneda, donde fue compañero de Ricardo Enrique Bochini; y al año siguiente fue cedido a Argentinos Juniors, donde Diego Armando Maradona era un crack en ciernes.

Este exwing tandilense de asombrosa velocidad tuvo su proceso formativo en Santamarina y también integró el elenco titular de la selección tandilense en la recordada final ante los tucumanos, disputada en 1976 en el estadio San Martín.

A más de cuarenta años de todos esos sucesos, Arrieta -radicado nuevamente en la ciudad desde principios de año- reflotó cada recuerdo en una extensa charla con El Eco de Tandil:

Campeón en Independiente

El Independiente del Nacional de 1977 es uno de los campeones más recordados en la historia del fútbol argentino.

La gesta ensayada en Córdoba, donde con ocho jugadores logró anotar el gol del 2-2 ante Talleres que le dio la consagración, lo colocan en un sitio de excepción.

Si bien no fue protagonista en esa histórica noche del 25 de enero de 1978 (el certamen finalizó en el primer mes del año siguiente), Arrieta integró la alineación inicial roja en buena parte de esa campaña.

“Era titular en ese equipo, incluso jugué el partido de ida de la final contra Talleres. Me perdí la revancha en Córdoba por una lesión. Sufrí una pequeña contractura, y como el desquite era a las 72 horas, el “Pato” (José Omar Pastoriza) prefirió no llevarme, no quiso arriesgarse a tener que cambiarme a los cinco minutos”.

-¿Qué distinguía a aquel Independiente?

-Era un equipo de una gran personalidad. Con jugadores como Trossero, Villaverde, Galván, Larrosa, Bertoni…Jugaba un muy buen fútbol y era muy ofensivo. La característica de Pastoriza era salir a ganar en todas las canchas, nunca se especulaba. Éramos un equipo abierto, con lo cual ofrecíamos alguna ventaja en defensa, pero atacando nos volvíamos muy peligrosos. Prácticamente, jugábamos con un solo volante de contención, y con dos wines bien abiertos, jugaba yo, Magallanes, o Bertoni o Brítez. Después, acompañaban Outes, Larrosa y Bochini, jugadores muy ofensivos. Era un equipo agresivo, que ofrecía buenos espectáculos.

-Otros dos tandilenses, como Roberto Rigante y Luis Petrucci, lo acompañaron en esa conquista.

-Sí. Recuerdo que contra Argentinos Juniors jugamos los tres. A Petrucci lo pusieron a marcar a Maradona y lo hizo muy bien. Faltando 15 ó 20 minutos, el “Pato” lo sacó y nos hicieron dos goles gracias a Diego, hasta ese momento Luis lo había controlado muy bien.

-¿Al ser usted un jugador muy veloz, la capacidad de Bochini para filtrar balones al vacío lo transformaba en su socio ideal?

-Yo tenía un mejor entendimiento con Omar Larrosa, un jugador muy cerebral. Muy rara vez entregaba mal la pelota. Él jugaba de mi lado y yo sabía que cuando recibía era muy probable que me la diera. El “Bocha” se volcaba más a la izquierda y se asociaba más con Bertoni. Igualmente, tuve la oportunidad de que el “Bocha” me habilite muy bien.

-¿Bochini era reticente a darle el balón a usted?

-Es algo que se comentó mucho. La verdad es que nunca lo percibí. Mucha gente me lo ha mencionado, pero no sé si es algo real. Con el “Bocha” no era amigo, pero tenía una buena relación, jamás tuvimos un problema. Él era un poco más reservado que Maradona, era más amigo de Bertoni, Saggioratto y algunos más

-¿Por qué dejó Independiente meses después de haber sido titular en ese equipo campeón?

-Tuve un bajón futbolístico, en el primer tramo del ’78 no tuve el rendimiento del año anterior.  Además, llegó (Antonio) Alzamendi, que terminó siendo una figura muy destacada, fui perdiendo lugar y cuando se me presentó la posibilidad de irme a Argentinos Juniors la acepté, sabía que sería difícil volver a tener lugar en Independiente, el cuerpo técnico ya no me consideraba tanto.

-¿Qué recuerda de sus cuatro goles en el rojo?

-Dos fueron por el campeonato local y los otros, por la Copa Libertadores. El primero fue en Rosario contra Newell’s. Después, le hice uno a Ferro en su cancha. Los de la Libertadores fueron ante equipos ecuatorianos (N. de R.: ante Liga Deportiva Universitaria de Quito y El Nacional), ambos en cancha de Independiente.

-Y a River, un par.

-Claro. El único gol de cabeza en toda mi carrera se lo hice al “Pato” Fillol, el mejor arquero que vi, lejos. Fue jugando para Cipolletti, recuerdo que ese día perdimos 4-2. Me marcaba Tarantini, lo anticipé, puse la cabeza y entró de casualidad. Después, volví a convertirle a River, pero con la camiseta de Argentinos, ése se lo hice a Landaburu. En ese River jugaba Horacio Rodríguez.

Junto a Diego

-¿Cómo se da su llegada a Argentinos Juniors?

-Fui para el Nacional ’78, con Roberto Rigante. Independiente nos cedió como parte de pago en la transferencia de Carlos Fren.

-¿Diego ya era visto como una figura consagrada o apenas estaba emergiendo?

-Había debutado a fines del ’76 y ya en el ’78 se destacaba mucho. He seguido toda su trayectoria, y creo que el ’78 y el ’79 suyos en Argentinos fueron de los mejores de su carrera, junto con sus temporadas en Napoli. Lo he visto tener actuaciones extraordinarias, prácticamente ganaba los partidos solo. En Argentinos teníamos un equipo mediocre, para estar de mitad de tabla hacia abajo, no teníamos grandes jugadores. Sin embargo, llegamos a ser subcampeones y se nos escapó el título porque a Diego lo expulsaron en un partido amistoso en Mendoza, en el que ni se firmaba planilla, y lo terminaron suspendiendo por cuatro fechas. Quedamos segundos atrás de River y puedo decir que fue gracias a él, porque algunos partidos los ganó solo casi. Al poco tiempo se fue a jugar el Mundial juvenil y lo ganó siendo una figura preponderante.

-¿Cómo era el Diego de esos años?

-Muy distinto a lo que fue después. Era muy joven, un chico muy sano. Su apoderado era Cyterszpiler, a quien Diego veía como un hermano mayor, le hacía mucho caso. En ese momento, Maradona era un chico dócil, muy obediente, un pibe ejemplar. Cuando terminaban los entrenamientos, se quedaba media hora o cuarenta minutos pateando tiros libres, era muy aplicado. El padre siempre lo acompañaba, estaba en los entrenamientos, en los asados. Al igual que su suegro de ese momento, el padre de Claudia Villafañe. En sus años posteriores, ya no conviví con él, pero por lo que se puede ver a través de notas periodísticas y demás, uno nota que ha cambiado un poco.

-¿Viéndolo en el día a día, qué era lo más sorprendente de Diego en lo futbolístico?

-Todo. Cuando encaraba con pelota dominada y con espacios, era muy difícil pararlo. Su pegada en tiros libres y córners era extraordinaria. Además, era fuerte físicamente, a pesar de no ser alto, era morrudo. Y era guapo, veía que le pegaban muy fuerte y se levantaba como si nada. Tenía un montón de cosas que lo llevaron a ser el mejor jugador que vi en mi vida.

-¿Qué vínculo lo unía con usted?

-Yo tenía una relación cordial con Diego, sin ser amigos. Mi hija más grande nació casi el mismo día que el hijo de Carlos Carrizo, un compañero nuestro que era amigo de Diego, quien fue a mi casa y le llevó a mi hija una cadenita de oro que todavía ella conserva. Y le regaló otra al hijo de Carrizo. Lo hizo en nombre del plantel, como capitán.

-¿Aún como compañero lo sorprendía con sus genialidades?

-Todo el tiempo, porque fue un jugador distinto, de ésos que nacen cada cincuenta años. Había futbolistas de gran calidad como Bochini o el “Beto” Alonso, pero nunca comparables con él. Diego te gambeteaba tres o cuatro hombres, pateaba de media distancia, su habilidad te sorprendía permanentemente.

-¿Superior a Messi?

-Uf, ése es un gran dilema. Soy un gran admirador de Messi, lo considero un jugador extraordinario. Para jugar un campeonato, elijo a Messi. Para una final, a Diego.

-¿Messi en el día a día y Diego en un partido caliente?

-Exactamente. No por nada Messi es hace doce años el número 1 del mundo, ha ganado todo lo que se propuso, pero no en la selección. A Diego lo veo superior en personalidad, cuando más difícil era el partido, más se agrandaba. A Messi lo veo más apocado en ese tipo de situaciones.

 

Arrieta, el velocista

“Cuando jugaba en Santamarina, tenía contacto con Silvio Battaia, en ese momento un referente del atletismo en Tandil. Él sabía que yo era ligero y me ofreció ir a probarme. Fui, hice una buena marca y empecé a competir. Fui a Mar del Plata, a Buenos Aires un par de veces, y llegué a ser campeón argentino de los 100 metros entre los no federados. Incluso, antes de irme a Independiente me llegó una oferta de Gimnasia y Esgrima de Buenos Aires, un club fuerte en atletismo en esos años. Me ofrecieron una beca para radicarme en Capital. Pero, en ese momento, yo estaba mucho más compenetrado en el fútbol. A los pocos meses, me surgió la posibilidad de ir a Independiente”, recuerda Arrieta en torno a su inusitada velocidad.

-Las inferiores, en Santamarina.

-Exacto, desde sexta. Recuerdo que tuvimos una cuarta división con la que fuimos campeones invictos dos veces. En primera, nos consagramos un par de veces. En ese momento, el club tenía varios jugadores que, tranquilamente, se podrían haber destacado en el fútbol profesional. José Solimanto, José Capelluti, Mariano Manga…quizá no tuvieron la oportunidad o la suerte. Tuve otros grandes jugadores como compañeros, que vinieron de afuera, como Mario Rodríguez, el “Negro” Lezcano, Allende. Jugadores que te ubicaban en la cancha y te daban una noción del juego en conjunto. Tras mi paso por Santamarina, me fui a Independiente con 21 años. Con Luis Petrucci y Roberto Rigante. Y, al año siguiente, fue Julio Nocito.

-Al ser un puntero, no era un delantero goleador.

-Claro, iba mucho por la raya. En Independiente, el “Pato” (Pastoriza) me pedía que desborde y tire el centro. Si me cerraba, me chocaba con mis compañeros, por el medio iban Bochini, Bertoni, Outes, Larrosa… Al ser un equipo tan ofensivo, yo no tenía otros espacios para elegir.

-¿Puede decirse que ocupó un puesto que ya no existe?

-Y…sí. Prácticamente, los wines han desaparecido. Creo que el último wing derecho que hubo fue Caniggia. Ahora, hay volantes ofensivos, marcadores de punta que suben…ya no el wing tradicional.

-En los 100 metros…¿Arrieta o Caniggia?

-Jaja. No sé. Él era muy rápido también.

-¿Enfrentó a algún defensor tan o más veloz que usted?

-En Tandil, “Beto” Alonso era rapidísimo. Después, en River, Héctor López. También (Juan Carlos) Bujedo, el cordobés de Vélez, era muy veloz, lo pasabas y enseguida lo tenías otra vez encima. Prefería enfrentar a un (Alberto) Tarantini, un (Jorge) Carrascosa…eran grandes marcadores pero te daban más libertad y ante ellos tenía mejores posibilidades si me tiraban una pelota larga.

-¿A esos marcadores veloces los desafiaba testarudamente o cambiaba de banda para desnivelar ante un adversario más lento?

-En esa época no cambiábamos mucho de posición. Eran rivales contra los que ganabas y perdías, se planteaban duelos mano a mano. A veces, llegabas al fondo, tirabas un buen centro y la jugada terminaba en gol. Pero a esos marcadores era difícil ganarles en velocidad. En ocasiones, había que buscar una variante: enganchar para adentro o descargar para un compañero.

-¿Qué técnico lo marcó especialmente?

-De todos sacás algo. Guardo un gran recuerdo del primero que tuve: Miguel Cuesta. Me inicié con él en las inferiores de Santamarina, era como el primer grado del colegio. Me enseñó cosas básicas de la técnica, a patear con la zurda, a cabecear…Miguel fue muy importante para ese generación. También destaco al “Conejo” (Aníbal) Tarabini, por su personalidad. Era muy similar al “Pato” Pastoriza, no te apabullaban con táctica, eran intuitivos y le daban cierto poder de decisión al jugador. Después, tuve a Daniel Romeo, el otro extremo. El estilo de Bilardo, llenarte de indicaciones tácticas, jugadas estudiadas. Todos muy positivos para mí, cada uno con sus formas. También tuve al legendario Victorio Spinetto, un técnico de ésos que apuntaban mucho a la personalidad, a llenarte de confianza. Otro entrenador que me dejó mucho es Miguel Ángel López.

-¿Llegó a estar cerca de la selección nacional?

-En Independiente anduve muy bien en un partido televisado que le ganamos a Gimnasia 6 a 2. Al siguiente, enfrentamos a Quilmes en su cancha. Pastoriza me dijo que había ido Menotti a observar a varios jugadores, entre los que estaba yo. Y ese día fui un desastre. Después de eso, nunca tuve más chances.

 

 

El final

-¿Cómo fue el recorrido final de su carrera?

-Jugué un Nacional en Cipolletti de Río Negro. Pasé también por Independiente Rivadavia de Mendoza y Estudiantes de Río Cuarto. Y mi experiencia en el exterior fue en Venezuela. Allí me lesioné.

-¿Qué tipo de lesión?

-Sencilla, ocurre que en esos años el de Venezuela era un fútbol muy precario. Hicimos una gira por España y se me rompieron los meniscos. Había viajado con nosotros un médico clínico, que no tenía ni idea de traumatología. Estuve como dos meses en Venezuela jugando salteado, con la rodilla que se me hinchaba. Hasta que decidí viajar a Buenos Aires y ver al médico de Independiente, Fernández Schnorr. Me hizo una artroscopía y ahí descubrí la rotura de meniscos. De haberme operado apenas me lesioné, hubiese andado bien. Pero dejé pasar el tiempo y se me hizo una artrosis avanzada, nunca pude volver a mi mejor forma física. Después de la segunda operación, el doctor me dijo que me olvide del fútbol profesional.

-Y viene el otro ciclo en Santamarina.

-Sí, pero no estaba bien porque no podía jugar con continuidad. Estuve en el plantel que clasificó para el Nacional, pero sólo jugué algunos partidos del torneo local, cuando la rodilla me lo permitía. En un momento, venía bastante bien, hasta que en un partido contra Ferro choqué con Ramella y mi rodilla volvió a lastimarse. Después de eso, casi no volví a jugar. Sólo un par de años en Atlético Ayacucho, donde las exigencias no eran muy grandes, y tomé el fútbol como un pasatiempo.

-También jugó en la selección tandilense, disputando aquella histórica final del ’76 en el San Martín.

-Se nos escapó sobre la hora. Tucumán era un equipo superior al nuestro pero hicimos un planteo inteligente. Recuerdo que llovía, la cancha estaba muy barrosa, muy resbaladiza. Le habíamos ganado un partido muy difícil a San Juan, 4 a 3.  Ese día, lo expulsaron al “Ñato” Varales. Creo que la final con Tucumán hubiese sido distinta si estaba él, era un jugador importantísimo. En ese torneo, Pastoriza estaba en Tandil porque era amigo del “Conejo” Tarabini. Ahí me observó, y al poco tiempo me llevó a Independiente.

-¿Y como entrenador?

-Dirigí un tiempo a Independiente de Lobería, ciudad en la que me reencontré con Alejandro Barberón, que había sido compañero mío en Independiente de Avellaneda. Él dirigía en Jorge Newbery y nos enfrentamos en un par de ocasiones.

Por Fernando Izquierdo – El Eco

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