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El Galpón de las Artes: Arte y resiliencia, una fiesta

Por Virginia Ceratto
(especial para Mdphoy.com)

El Galpón de las Artes, nacido hace décadas en un galpón, verdadero galpón (hoy lugar de compra venta) en la calle Rawson. Faltaba todo lo que podía faltar y tenía todo lo que tenía que tener: calidez en su precaria instalación y calidad en sus obras. Y proyectos. Calidad y clara ideología, no partidismo, sino ideología que apuntaba a la diversidad, a poner en valor lo que se silenciaba, a contar las problemáticas que se preferían callar.

Ahí comenzaron las producciones propias y los intercambios con grupos de otras provincias, como Tucumán, e incluso de otros países, como México. Y no voy a apelar a la Wikipedia, que todos podemos usar, sino a la memoria, y a la experiencia.

En la entrada, María, la mamá de Mariano Tiribelli, atendiendo el bar, Mariano en luces, Claudia Balinoti, su mujer, asistiendo, dirigiendo… Edith Menéndez, tía de Mariano, registrando y a partir de ahí una familia extendida de la que, y lo diré explícitamente, formo parte… yendo, y agradeciendo.

María y Edith ya no están, pero ahí, siguen…

La calidez, ya lo he dicho, la calidad.

Incluso hubo una vez en la prestaron el lugar a una directora holandesa que hacía un casting para una obra que nunca pudo ser. Y en la que El Galpón no se iba a beneficiar en nada. Porque no iba a ser la sala. Pero pusieron todo a disposición. Durante tres jornadas. Y no pidieron un peso. Me consta, porque yo fui el nexo.

Pasó el tiempo.

Luego, el esfuerzo, el coraje, los llevó a la sede actual, en Jujuy 2755. Y ahí la maravilla comenzó a darse de otra manera.

Ya desde la vereda y los muros de la entrada y las rejas, con una estética arquitectónica que sigue a Hundertwasser, el gran artista y arquitecto austríaco que desafió a la Academia y que pregonó, desde su vida y su arte, a hacer de la vida un arte, y claro, un poco a Gaudí… el Galpón ya no fue un galpón. Y no obstante no cambió su nombre, porque Claudia y Mariano y su equipo, cada vez mayor, no cambiaron la esencia. Porque en ellos hay compromiso e ideología pura. Resisten cualquier carpetazo. Resisten cualquier gobierno. Resisten porque están con los resilientes. Y son resilientes.

De ahí sus premios, de ahí sus merecidos reconocimientos. Y apelen a Wikipedia, lean. Porque podría ser todo verso, pero no lo es.

Hasta la pandemia, el Galpón recibía con su bar, su lugar espléndido para tomar una cerveza o un café, para comer después de la función, que ya era con entrada sin barrera, como se suele decir, a la gorra… en un lugar magnífico. Con una platea en gradas móvil y cortinados de lujo.

Llegó la pandemia.

Pandemia.

Mientras otros lugares protestaban porque, obviamente, se hacía imposible el funcionamiento, Claudia, Mariano y su equipo, en silencio, sin estridencias, no sin solidaridad y no sin comprender a pares de otros centros culturales, comenzaron a pico y pala e hipotecas, a remodelar. No, a remodelar no. A refundar el lugar.

Tuve el privilegio, porque los conozco, porque los quiero, de ver el lugar en… DEMOLICIÓN, porque lo que vi hace meses fue una demolición. Hasta me asusté. No dudé que lograrían lo que se proponían porque los conozco, pero un poco dudé de los tiempos.

Lo lograron.

Hoy en día, El Galpón de las Artes puede afrontar esta pandemia y otras, que ojalá no lleguen, con dos plateas, una en gradas dignas de un teatro profesional, léase… comercial, en términos de inversión, con butacas tapizadas en cuero, con doble altura, ventilación cruzada… camarines espaciosos. Una delicia.

Una delicia para espectadores y para actores.

Una delicia que comienza con la simple calidez de siempre… la parrilla, una especie de chillout a la izquierda de la entrada, la amplia galería techada con plantas que amparan y armonizan, con el bar que sigue esa esencia un tanto folk, un tanto jipi que nos enamora y sobre todo, cuidado, esmero, amor por el prójimo, sea el artista, el vecino del barrio, el espectador…

No se quejaron, no lloraron, pero deben haber llorado en la intimidad… No me cabe la menor duda de eso. Porque ante tal desafío, donde se tiran paredes, y uno habita entre escombros… se llora.

Lo lograron.

Y lo lograron para todos. Hoy, El Galpón de las Artes presenta sus propuestas y las de otros (no olvidemos sus intercambios internacionales y que fueron quienes presentaron a Gabo Ferro en Mar del Plata), y recibe las nuevas.

Hoy, a casi tres décadas de su fundación, El Galpón de las Artes es un lugar que tiene que ser visita obligada para residentes y turistas, para tomar un café, una cerveza, comer algo a la parrilla, una empanada, ver una obra, una muestra.

Ojalá, como marplatenses, estemos a su altura y le rindamos tributo con nuestra presencia. Desde la vereda iluminada se ve su impronta.

Como espectadora, como marplatense, como crítica, les doy las gracias. Porque me hace sentir plena, feliz, segura, orgullosa de que en esta ciudad haya un lugar así.

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