Deportes

Revolucionario del tenis

Hace sesenta años, el 17 de agosto de 1952, nació Guillermo Vilas. Fue una de las estrellas del tenis internacional de la década de 1970 y su mayor figura en toda la historia en la Argentina, donde lo convirtió en un deporte popular. Más allá de su faceta deportiva, el marplatense -por adopción- también se interesó por la música y la poesía, como contaba en fragmentos deMeditaciones al pie de la raqueta, la revista Siete Días del 9 de mayo de 1975.

“A primera vista la apariencia exterior de Vilas parece un contrasentido: su cuerpo lánguido y su sonrisa casi melancólica no parecen tener mayor relación con el vistoso surtido de collares, amuletos y pulseras que, desordenadamente, bailan alrededor de su cuerpo. Así, mientras camina por los corredores del Buenos Aires Lawn Tennis Club, apenas finalizado su diario entrenamiento, el ídolo pasa revista uno por uno a todos sus colgantes: en total, nada menos que once. ‘No llevo siempre los mismos -explica-. En cada campeonato me pongo aquellos collares que la gente me regala. Los llevo puestos hasta la próxima competencia en que me regalan otra tanda, y así sucesivamente. La gente me los da con mucho afecto, y yo quiero demostrarle lo que siento por ella al llevarlos siempre conmigo.’ De esta manera, alrededor del cuello del tenista congenian una Virgen, un Buda sentado en la clásica posición oriental, una cruz de plata, tuercas y otros objetos francamente indescifrables.
Otro tanto ocurre con sus pulseras: en su mano derecha una vistosa muñequera de plata lleva, por ejemplo, la enigmática inscripción Joseph Mobley, y un poco más abajo una fecha: 6/24/68. ‘Esta pulsera me la dieron en una organización internacional que se dedica a encontrar a los soldados que se perdieron en la guerra de Vietnam -enseña-. Yo di algún dinero para esa entidad, y entonces me obsequiaron la pulsera con el nombre del soldado a cuya búsqueda se había destinado mi contribución y con la fecha de su desaparición.’
(…)
Su forma de hablar -lenta, pausada, ensimismada- no deja lugar a dudas: el juvenil campeón, lejos de pretender darse aires de refinado intelectual, es absolutamente sincero en sus apreciaciones. Discutibles o no, sus teorías parecen fruto de elaboradas meditaciones: ‘Yo no me quiero perfeccionar sólo como jugador de tenis, sino también como hombre -argumenta-. -Por eso, cuando estoy con mis amigos hablamos de todo menos de tenis.’
-¿Cuáles son tus autores favoritos?
-Me gusta mucho Khalil Gibran. También las primeras poesías de Neruda. Las últimas, las políticas -esa del Nixonicidio y otras- me agradan menos. Además leo con mucho placer a Vinicius de Moraes y a Krishnamurti. De todos creo que es este último quien más influyó en mi vida.
-¿En qué sentido?
-Si leés a Krishnamurti, especialmente Libertad tota!, reto esencial del hombre, casi no leés otra cosa. El influyó hasta en mi tenis…
-¿Cómo? ¿Krishnamurti en tu tenis?
-Efectivamente, él habla de todo: del miedo a la muerte, del miedo a la vida. Lo expone en una forma clarísima: dice que el miedo es una inseguridad hacia el futuro. Propone, entonces, que al miedo hay que enfrentarlo: no hay que estar nervioso con lo que vendrá sino ocuparse de lo que está pasando en este momento.
-¿Y eso qué tiene que ver con el tenis?
-En mi caso, muchísimo: yo, antes, me ponía nerviosísimo como una semana antes de los partidos. Entonces, cuando llegaba el momento entraba a la cancha casi derrotado por los nervios: o sea, quería concentrarme, y por eso no pensaba en otra cosa que en el partido. Krishnamurti, en cambio, dice que la concentración es una cosa muy distinta: es como salir de uno y observarse a sí mismo desde afuera. En vez de pensar en el partido, y obsesionarme, ahora analizo en cómo mi mente está reaccionando ante el partido. Es muy diferente: es autocrítica.
-Es muy raro encontrar deportistas de tu talla con tantas Inquietudes filosóficas. ¿Cómo reaccionan tus colegas tenistas cuando hablás de estas cosas?
-Vos no necesitás estar pendiente del ambiente que te rodea. Yo soy yo mismo y no toda esta maroma de gente que me rodea. Ellos reciben mi tenis, que es lo que Ies interesa de mí, y a mí lo que me interesa darles. Pero yo soy el mismo de siempre; me gusta escuchar música hasta un minuto antes de salir a la cancha, y no estar hablando con mis colegas de lo que va a suceder. Cuando gané el Master, cinco minutos después me encerré a escuchar música: recuerdo que un periodista, asombrado, me preguntaba por qué no estaba eufórico. Le dije que el campeonato había terminado hacía media hora, y ya era cosa del pasado. En una palabra, yo soy mi propio ambiente.
-Volviendo a lo que hablábamos antes, las filosofías que a vos te atrapan -Ghibran, Krishnamurti- son, esencialmente, individualistas. ¿Nunca te importó buscar soluciones para problemas de fondo que no te atañan sólo a vos sino a todo el mundo que te rodea?
-Es que las cosas de fondo son las individuales. La masa está compuesta de individuos. Eso también lo dijo Krishnamurti, y yo también lo aplico a mi tenis: ganar un partido es la consecuencia de ganar cada uno de los puntos. Si vos entrás en la cancha y pensás en ganar el partido, perdés. Hay que pensar en cada tanto y olvidarse del partido en general: así peleás mucho más. De la misma manera, si cada uno piensa en alcanzar su propio bienestar espiritual, la masa entera alcanzará su bienestar espiritual. Los cambios políticos son necesarios, pero son cambios de afuera: los de fondo son los otros.
De esta manera, muy seguro de sus propias convicciones, Vilas da por finalizada la entrevista, vuelve a su agotadora, nada descansada rutina de campeón: los entrenamientos, trámites burocráticos y preparativos de viaje. Un quehacer diario que sólo se matiza con esporádicas salidas nocturnas (‘me gusta vivir entre las tres y las ocho de la mañana, cuando la ciudad está vacía y uno se siente dueño de las calles’), que deberán reducirse al mínimo: ‘De ahora en más voy a tener que acostarme temprano -medio se lamenta- porque me espera en el resto del año casi una docena de campeonatos’.
Recién en noviembre o diciembre Vilas podrá volver a reencontrarse con su profundo, sentido mundo interior: su música, su Krishnamurti, su Ghibran y su Vinicius de Moraes. Entonces -vuelva o no campeón del mundo- se enfrascará seguramente en el logro de esa ardua, titánica ambición suya: la de convertirse no sólo en un brillante deportista sino en un magnífico ejemplar ser humano. Quizá, su partido más difícil.”

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