Arte y Cultura, Teatro

Carlos Rottemberg, reperfilado

Como cada temporada la figura del productor Carlos Rottemberg se convierte casi en el único termómetro a mano para analizar el panorama teatral de la ciudad, especialmente en lo que tiene que ver con taquilla y venta de entradas. No es raro: es casi el monopólico dueño del mainstream teatral de temporada, con sus múltiples salas ubicadas en el radio céntrico.

Y en una temporada como la que estamos atravesando, que se ha convertido en botín de guerra desde ambos lados de la grieta para ver si es mejor o peor que la anterior (y así determinar velozmente que Alberto triunfó o fracasó), la voz de Rottemberg toma un poder aún mayor. Tanto, que hasta el primer actor Axel Kicillof se subió a caballo del exagerado optimismo del productor para decir que “la temporada estalla” y que “se nota que la gente tiene un mango más en el bolsillo”.

Es que Rottemberg, para nada inocente y con su disimulada simpatía con el kirchnerismo, salió a alimentar el relato de la gran temporada de verano con las cifras de los teatros. Dijo que la convocatoria de espectadores había subido un 17%. Pongamos que sacamos del medio el atenuante del 30% al dólar y la imposibilidad de mucha gente de vacacionar en el extranjero. Perfecto, hay un poco más de gente ¿pero las cifras dan para decir que estamos ante una temporada que “estalla”?

Según números oficiales de venta de entradas, entre el 30 de diciembre y el 5 de enero (el período en el que más gente hubo en la ciudad), el espectáculo más concurrido fue “Fátima es mágica” con Fátima Florez: su promedio de ventas fue 360 entradas por función. “¡Qué bien!”, dirá usted. Sí, bueno… en el Roxy que tiene capacidad para 920. Es decir, alrededor de un tercio de la sala. Vaya uno a saber qué entiende Kicillof por tener “un manguito más en el bolsillo”.

Lo de las otra obras es más o menos parecido: “Desnudos” tuvo un promedio de 336 espectadores por sala, “Moldavsky – Reperfilado”, “Departamento de soltero” y “El equilibrista” también rondan entre los 220 y los 320 entradas por función. La mayoría, en salas donde entran mil espectadores. Muy pobre realmente.

De todos modos, a esta altura de las cosas a nadie debería llamarle la atención la construcción de un relato. Ni mucho menos el oportunismo de Rottemberg, uno de esos voceros no oficiales que toda gestión necesita para construir realidades. Tanto, como esa supuesta fascinación del empresario con la ciudad (y que los medios locales, embelesados con los espejitos de colores, gustan siempre destacar); fascinación que arranca en diciembre y termina en febrero (o unos días de marzo, tal vez), porque entre abril y noviembre podría haber un playón de estacionamiento en esos terrenos, que al menos le darían trabajo a alguien. Porque la cultura es muy saludable, sobre todo cuando se puede hacer caja. Y la política y los artistas, mancomunados, saben bastante de eso.

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