Salud

“Abandonados por la Sputnik”: la incertidumbre de los que hace más de 90 días esperan la segunda dosis

 

 

 

blank

 

 

Ganan la resignación y la desilusión. Predominan la incredulidad y la incertidumbre y existe un profundo sentimiento de desconfianza. Ellos son los cientos de miles de ciudadanos “abandonados” por el segundo componente de la vacuna Sputnik, de la cual en las últimas horas llegaron 550 mil unidades, insuficientes para cubrir la necesidad de millones que, después de tres meses, se olvidaron de esperar. “Pasó demasiado tiempo, ¿están aún los anticuerpos de la primera dosis? Nadie dice nada, nadie te informa, la poca empatía de las autoridades es lo que más asusta”, es el comentario general de los consultados por Clarín.

Profesora de inglés, Adriana Abras (63) es marplatense y padece Waldenström, un cáncer poco frecuente en el que la médula ósea produce glóbulos blancos en demasía. Se vacunó el 20 de abril con la primera dosis de la Sputnik y viene sufriendo una lucha interna entre la espera de la segunda dosis y el comienzo de un tratamiento oncológico que ya no puede demorar más. “El lunes empecé con la quimioterapia, aposté por lo seguro, la vacuna es una utopía, es parte del relato”.

Sin enojo, ni efervescencia, pero sí presa de un desgaste emocional que desembocó en resignación, Abras hizo todo lo que estuvo a su alcance para tener la segunda dosis antes de iniciar la quimioterapia. “Fui a un centro de informes con los certificados médicos y medicación correspondientes y me explicaron que las segundas dosis llegan desde La Plata con nombre y apellido, que tenga paciencia, que espere y me dieron una dirección de mail”, cuenta con una sonrisa irónica.

Adriana Abras (63). “Tengo una enfermedad que me consume mucha energía, ya no pierdo más el tiempo esperando que me digan cuándo me darán la segunda dosis”.

“Claro, mis tiempos de espera son otros, quizás de tanto esperar ya no esté más por aquí, Igual me lo tomé con tranquilidad, escribí el mail como me indicaron al Ministerio de Salud de La Plata y como era de esperar la respuesta fue ‘tenemos mucha demanda de mensajes, no podemos responder’. Me dije ‘vamos, seguí adelante’ y aquí estoy, apelando a la practicidad que tuve siempre, con la cabeza metida en mis clases virtuales de inglés, que por suerte me llevan todo el día”, explica Adriana, casada con Eduardo, contador, que también aguarda por la Sputnik,

A Adriana le cuesta creer “la inoperancia y falta de previsión. ¿Cómo es que te aplican una vacuna, desconociendo que no existe o no hay stock de la segunda dosis? Yo soy tan previsora con mi trabajo, lo cuido tanto, preparo cada clase con tanta antelación, que al principio no me cabía que con la salud fueran tan ineficientes. Pero a esta altura de la vida ya no me sorprende nada, me sugirieron que pida un recurso de amparo, pero no tengo tiempo ni ganas, con mi enfermedad ya se me va mucha energía”.

“Nadie sabe qué pasa después de los 90 días”

Hiperinformada, conocedora de los infectólogos especialistas que aparecen en televisión, Alicia García (73) no puede ocultar su preocupación por la falta de su segunda dosis. “Se habla tanto, se dicen tantas cosas, que es imposible estar al margen. Yo quiero estar informada y veo todo, porque es mi salud y mi futuro. Pero me da la sensación que nadie sabe bien qué pasa cuando se cumplen los 90 días de la primera aplicación”, comenta la vecina de Barracas, que se vacunó el 12 de abril.

La paciencia dice que se le acabó y hoy la abraza la desconfianza por todo. “Es la verdad, me cuesta creer lo que dice el Gobierno, que primero anuncia una cosa y al otro día se desdice y anuncia todo lo contrario. Yo estoy preocupada porque se habla de que podrían darnos como segunda dosis otra marca y la verdad es que desconfío. Ya de por sí no me entraba en mi cabeza que pudieran fabricar vacunas contra el Covid en menos de un año, pero bueno, estamos acá, regalados…”.

Alicia García (73). “Me da la sensación que nadie sabe bien qué pasa cuando se cumplen los noventa días de la primera aplicación”.

Diabética, “Lala” -como la llaman- hace el trabajo de “no hacerse la cabeza, porque a veces la ansiedad me domina”, dice esta mujer casada hace 52 años, con cuatro hijos y trece nietos. “No voy a negar que le tengo mucho miedo a la enfermedad, sobre todo desde que mi sobrino de 47 años estuvo internado 71 días en el Hospital Agote. Casi no la cuenta. Y eso te provoca angustia, yo casi que no veo a mis nietos ni a mis hijos. Ojalá hubiera tenido la posibilidad de viajar a Miami y darme la Pfizer, esa que el Gobierno no quiso traer”.

“Queda agachar la cabeza”

Sin pelos en la lengua, Norma Garrigue (62), desde Río Gallegos, adonde vive desde hace más de cincuenta años, no vacila: “Las vacunas, las dos dosis, las pagamos nosotros, con nuestros impuestos, no este Gobierno que se arroga el esfuerzo de traerlas. ¿De qué esfuerzo me hablan? Se manejan con una impunidad, desparpajo y discrecionalidad vergonzosa, pero ¡qué les va a importar!. Nos perdimos 14 millones de vacunas (Pfizer) por un tema ideológico”, afirma con contundencia.

Garrigue trabaja en la administración pública de la capital santacruceña y no tiene problema en decir lo que siente. “El plan de vacunacion a nivel nacional y provincial es muy turbio, propio del kirchnerismo, que está acostumbrado a hacer todo de manera hermética, a escondidas y mintiendo, fiel a su estilo”, afirma esta mujer que sufre hipertensión y que se dio la primera aplicación el 14 de abril. “Acá la incertidumbre es muy grande, porque el nivel de contagios es altísimo, pero nadie dice nada en esta provincia que lleva treinta años gobernada por los K”.

Norma Garrigue (62), desde Santa Cruz: “Las vacunas, las dos dosis, las pagamos nosotros, no este gobierno que se arroga el esfuerzo de traerlas”.

Norma, que vive con su mamá de 83 años, cree que le terminaron inoculando otra vacuna. “Estamos en una posición que no podemos hacer demasiado más que reclamar nuestros derechos, pero a quién le importa. Acá el Gobierno hizo el negocio con los rusos, que les encajaron millones del primer componente y ahora andá a reclamar el segundo a Magoya, te lo van a mandar cuando ellos estén inmunizados. Queda agachar la cabeza, esperar y seguir al rebaño, típico de esta sociedad“.

“Van tirando manotazos de ahogado”

Dinámico y en forma, Oscar Ricchetti (76) atiende a este medio luego de un largo día de trabajo en Campana. Trabaja en una arenera para la construcción y vive en Villa Urquiza. “Tengo la ansiedad lógica de quien está pendiente. Cuando uno está a la espera de una noticia que se hace desear ese estado de ansiedad intranquiliza, sobre todo porque ya pasaron 102 días desde la primera dosis y uno ya no es un pibe”.

Ricchetti trabaja de manera presencial unas ocho horas por día y está en contacto con gente todo el tiempo. “Si bien yo soy muy cuidadoso y tomo todos los recaudos, eso no implica que no me pueda contagiar. Tengo muchos compañeros que se han pescado el Covid, han sido internados y ya no vienen a trabajar. Y encima, como dato preocupante, parece que está circulando la cepa Delta, que es muy contagiosa”, señala este hombre a quien le extrajeron parte de un riñón debido a un tumor maligno.

Oscar Ricchetti (76) trabaja en una empresa arenera: “La empresa donde trabajo, tranquilamente, podía haberse hecho cargo de la vacunación de los empleados”.

“Tengo sentimientos encontrados, ya que al principio, después de la primera vacuna, estaba esperanzado y ahora tengo una profunda resignación. Creo que el Gobierno está desconcertado con lo que dice de la eficacia de la primera dosis… Primero que eran tres semanas entre el primero y segundo componente, luego 45 días, después 84, luego tres meses y así van tirando manotazos de ahogado. El Gobierno quiso manejarse solo y se dio cuenta tarde que no podía. La empresa donde trabajo, tranquilamente, podía haberse hecho cargo de la vacunación de los empleados”.

120 días de espera

Sara Moreno (63) confiesa que ya pasó por todos los estados emocionales posibles y ahora siente “un gran escepticismo“. Claro, está por cumplir 120 días desde que se inoculó (22 de marzo) “y no hay señales de que llegue mi turno. Encima yo soy docente y doy clases de Educación Artística de manera presencial a alumnos de primaria y secundaria, lo que me pone en una posición de mucha exposición”, dice la maestra chaqueña desde Resistencia.

Para colmo, recuerda Sara. “a mí me llamaron en mayo para la segunda dosis de Sputnik y cuando me presenté me dijeron que no había. Imaginate lo que pasa aquí en Resistencia, donde hay un promedio de contagios de 500 personas diarias. Es una barbaridad todo lo que está haciendo el Gobierno, el nacional y el provincial, que son tal para cual. Nadie te dice nada, hay un nivel imprevisión alarmante y es tal la ineptitud que buscan generar calma y provocan todo lo contrario.

Sara Moreno (63) está por cumplir los 120 días de la primera inoculación. “Soy docente, doy clases presenciales y tengo miedo”, reconoce la maestra chaqueña.

Necesitada del trabajo, dice Sara que “si yo no voy a la escuela, me mandan de patitas a la calle y buscan a una reemplazante. Yo dije que estaba preocupada pero bueno, no soy la única, somos muchos los que estamos así, en una situación de incertidumbre. Pasa que mi cabecita no deja de carburar porque mi yerno de 46 años, con una dosis de Sputnik, estuvo gravísimo y se agarró la enfermedad en el trabajo, entonces es difícil seguir como si nada”.

“Fastidio y cansancio”

“¿Cuánta gente hoy puede tener un estado de ánimo estable y llevar una vida relativamente normal?”, se pregunta Susana (76), insulina dependiente, y muy preocupada porque no le llega el turno para volver a vacunarse. “Estoy bien de salud pero tengo una vida en la que prácticamente no me muevo de casa, salvo alguna vueltita manzana que damos con mi marido y mi bastón”, hace saber esta vecina de Villa Urquiza, que se aplicó la Sputnik el 1° de abril.

Una mezcla de sentimientos envuelve a Susana y a su hija Marian, que intenta pedir justicia por su madre a través de las redes sociales. “Yo tengo fastidio y un gran cansancio, porque el Covid es el único tema y no es sencillo a mi edad. Pero es el país que tenemos, donde las cosas se hacen mal, por eso no tenemos el segundo componente. ¿Por qué lo paga la sociedad? Yo trabajé toda mi vida y pago mis impuestos, por eso reclamo lo que me corresponde“.

Susana (76) es insulina dependiente. “Es el país que tenemos, donde las cosas se hacen mal, por eso no tenemos el segundo componente”.

Diabética, Susana comparte que desde hace más de treinta años que tiene una psiquiatra “y el tema de la faltante de vacuna es una constante en cada sesión, lo que me permite pilotear las ansiedades”. La desazón de la señora, tal vez, pasa por “el declive de este país, que hace no tanto era un ejemplo sanitario, con hospitales modelo como el Garrahan, el Clínicas y el Instituto Malbrán. Por eso duele en el alma saber que más de 100 mil familias están de luto por la inoperancia del Gobierno, que hoy nos ofrece sólo incertidumbre”.

“A la buena de Dios”

“A esta altura estoy esperando a Dios”, intenta matizar con una broma Juan Carlos Tordo (68), baterista desde hace treinta años de La Mississippi. “Yo trato de no volverme loco, de no convertirme en un paranoico, porque sé que la voy a pasar muy mal, entonces me quedo guardadito”, dice el músico que este sábado se presentará en La Trastienda con entradas agotadas.

Pasaron 84 días desde que se vacunó Tordo, que es paciente de riesgo. “Me llama la atención de que no haya novedades, sentirme a la buena de Dios, pero bueno, entiendo dónde estoy parado y qué autoridades mandan. La verdad es que uno ve a los países vecinos y lamenta que la Argentina tenga un plan de vacunación tan deficiente. Pero ya está, es lo que hay, no me quiero dar manija, sólo puteo por haber apostado por tan pocas variantes de vacunas“.

Juan Carlos Tordo (68). “Ya está, es lo que hay, no me quiero dar manija ni ponerme paranoico, sólo puteo por haber apostado por tan pocas variantes de vacunas”.

El histórico batero de la banda de Ricardo Tapia sonríe cuando define que “tengo un trabajo peligroso, pero es mi laburo, tengo que laburar, lo necesito porque tengo un hijito de cuatro años. El tema es que no puedo dejar de lado el riesgo de tocar en un lugar cerrado ante unas 300 personas… Todos en la banda tenemos una sola dosis, somos muy responsables y en el escenario tomaremos todos los recaudos, pero admito que algo de miedito hay, pero sin paranoias”, insiste.

“Empecé a tomar Ivermectina”

Paciente oncológica, Teresa Bologna (75) no podía entender cómo todavía no le habían asignado el turno para la nueva dosis. “Yo estoy haciendo una quimioterapia con hormonas por un cáncer de mama, lo que me tenía muy intranquila tener una sola vacuna. De hecho por prescripción médica empecé a tomar Ivermectina, que parece que es muy útil… Una escucha, pregunta y si ayuda, todo sirve”.

Teresa Bologna (75). “De haber sabido que la segunda dosis iba a demorar más de tres meses (la primera fue el 1° de abril), me hubiera ido a Miami”.

Bologna se siente ofendida con cómo el Gobierno organizó el plan de vacunación “y me siento horrorizada por haber pasado los cien mil muerto, no lo puedo creer. La desilusión y la decepción son muy grandes, no imaginaba una situación tan catastrófica y en lo personal, de haber sabido que la segunda dosis iba a demorar más de tres meses (la primera fue el 1° de abril), me hubiera ido a Miami”.

El jueves, después de hablar con Clarín, Bologna recibió un mail con el turno de la segunda aplicación.

Javier Firpo

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*