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Reconocimiento a Federico Contessi

El concejal Mario Rodríguez participó del brindis de Fin de Año realizado por la empresa “Astillero Naval Federico Contessi y Cía”. Durante el mismo, hizo entrega del reconocimiento, por medio del cual “Declárase de Interés Municipal del Honorable Concejo Deliberante el libro `Federico Contessi. Su vida, sus barcos´, reflejo de una filosofía de vida centrada en la importancia de la familia y el trabajo”. Participó también el presidente del EMVIAL, Ingeniero Pablo Simoni.

El libro “Federico Contessi. Su vida, sus barcos” refleja el notable legado que brinda Federico Contessi a la ciudad de Mar del Plata a través de la constancia y el esfuerzo invertido en la persecución de sus sueños.

En 1947 llega a la Argentina, con 16 años, el joven Federico Contessi, un carpintero de rivera italiano, que se radica en Mar del Plata y pronto empieza a trabajar en astilleros locales, poniendo de manifiesto su capacidad de liderazgo y grandes conocimiento de su oficio.

A solo 40 días de su nacimiento, se quedó prácticamente sin papá. Debido a la avanzada del ejército alemán en tierras italianas, Domingo, su padre, tuvo que viajar a América para buscar mejores oportunidades de las que había tenido en San Benedetto del Trento, una localidad balnearia situada sobre el mar Adriático, donde vivía junto a su esposa y sus tres hijos.

En un principio la idea de Domingo era establecerse en la Argentina y luego mandar a buscar a su familia, pero la crisis económica de 1930 y la parálisis generada por la Segunda Guerra Mundial lo dejaron varado en el continente americano.

A medida que crecía, Federico solo podía imaginar cómo era su padre por las cosas que le contaba su madre, Felisia. Así fue que el chico creció con la obsesión de conocer a su padre. “Mantuve esa ilusión muchos años, incluso casi pierdo las esperanzas cuando las bombas que los alemanes tiraban sobre el pueblo explotaron a metros de donde estaba”.

Según dichos del propio Federico “recuerdo que encontramos una cueva y allí nos metimos, me arrodillé, me tapé la cabeza con las manos; supliqué poder estar al menos una sola vez junto con mi papá”.

Durante el tiempo de ausencia de Domingo, Felisia se tuvo que poner al hombro a su familia. Hizo de todo para poder dar de comer a sus tres hijos: amasó fideos, tejió en telar y colocó inyecciones. Ese temple fue un buen ejemplo para Federico, el más pequeño de todos, quien desarrolló pasión por el trabajo, inusual para un chico de su edad.

Con apenas cinco años se la pasaba jugando a ser carpintero y usaba cómo podía las herramientas que su tío Bruni, trabajador naval, guardaba celosamente en un baúl. Un día Bruni lo descubrió. “Se preguntaba por qué estaban gastadas sus herramientas, investigó y me pescó -recuerda Federico con la picardía de entonces que aún se percibe en el relato- no se enojó sino que decidió llevarme al astillero donde él trabajaba para que aprendiera el oficio. Desde aquel momento, nunca más me alejé de ese lugar”.

En agosto de 1947 Federico junto a su familia viajaron a América luego del término de la guerra y con el inicio de la reconstrucción de Europa. Quince años tuvo que esperar para que el reencuentro familiar se concretara.

Federico recuerda el encuentro diciendo “Mi papá nos estaba esperando y yo no podía creer la emoción que me invadía. Nos abrazamos durante largo tiempo, ninguno de nosotros quería despegarse del otro”.

Además continúa la anécdota con un curioso cierre  “Hasta que se produjo una rara situación: a unos metros de distancia, el único espectador de ese momento se arrimó y le ofreció a mi padre adoptar a uno de sus hijos. Mi papá casi lo mata. ¿A usted le parece que se los voy a dar? Hace 15 años que no los veo!”, le dijo.

Horas más tarde, fueron a la terminal de ómnibus para viajar a Mar del Plata, ciudad en la que Domingo trabajaba como pescador. Su papá lo quiso llevar a pescar con él, algo que sus hermanos habían logrado evitar. “Por primera vez en mi vida me sentí inútil, me descomponía, no soportaba estar embarcado”, recuerda.

Ante el disgusto de Federico embarcado, su padre decidió llevarlo a un taller naval de su amigo Laureno Bermúdez. La tarea encomendada a Federico era barrer el taller. Él quería trabajar en algo más útil, con herramientas, pero no había caso. “Me sentía un inservible y pretendía hacer más pero no sabía cómo decirlo”.

Con los años de trabajo, Federico se ganó el respeto y cariño de Bermúdez e incluso a esta altura ya hacía tareas más calificadas. Pero el dueño del taller lo iba a poner a prueba: no le pagó el sueldo durante seis meses. Bermúdez quería que Federico se independizara y utilizó el sueldo de su empleado para presionarlo.

Finalmente, Federico tomó la difícil decisión de abrirse camino solo. Con 20 años e invirtiendo todos sus ahorros, el joven empezó con algunas reparaciones navales en su pequeña constructora “Astillero La Juventud”.

Este astillero estaba alejado del mar, lo que dificultaba el traslado de las embarcaciones hasta el mar. Pero tiempo más tarde, Contessi consiguió un nuevo predio en la costa. Para aquella época, la empresa de Federico crecía sin parar y había construido 19 barcos.

En aquellas instalaciones se construyeron 3 barcos en madera y de distintos tamaños, siendo el primero de 22 metros de eslora. Luego de construir tres barcos de madera y de haber pasado las dificultades de tener que trasladarlos desde tierra adentro, ya que su astillero estaba alejado del mar, consiguen mudarse a la actual locación, donde se construyeron las instalaciones necesarias, y en tierras ganadas al mar se construyó el varadero. Fue el primer varadero privado argentino.

En 1965, contando con astillero y varadero propio se funda el “Astillero Naval Federico Contessi y Cía. S.A.C.I.F.A.N.”

En 1974 un incendio destruye totalmente el astillero. En 1977 es inaugurada oficialmente parte de la actual planta, la que se construyó pensando en nuevas facilidades de trabajo, como trabajar bajo techo y en simultáneo en varias embarcaciones. En estas nuevas instalaciones se da la primera construcción seriada de pesqueros de casco de acero. A partir de ellas, las obras de los astilleros son calificadas por el RINA.

Si bien la especialidad del astillero ha sido la construcción de pesqueros, también se construyen otros tipos de buques. Además se realizan trabajos de reparación y modificación de todo tipo de buques que puedan ser atendidos en su planta.

Actualmente es uno de los astilleros argentinos que continúa trabajando, y mantiene la dirección del mismo su fundador  Don Federico, acompañado por sus hijos, dando un claro ejemplo de la filosofía que mantuvo siempre respecto a que el astillero era por sobre todo una Familia.

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