Política

El traje de 50 dólares de Patricia Bullrich y la naturalización de importar mientras cierran talleres

La escena televisiva fue tan liviana que por momentos pareció una charla de sobremesa. En el estudio, con tono distendido y sonrisas cómplices, Patricia Bullrich, hoy senadora oficialista y hasta hace pocos meses ministra de Seguridad, relató su experiencia comprando ropa importada como si estuviera recomendándolo con jactancia.

Invitada nuevamente al programa de Luis Majul en LN+, Bullrich contó que había adquirido un traje a través de Amazon y que había pagado alrededor de USD 50. El dato fue presentado como una anécdota simpática, casi celebratoria, sin sobresaltos ni incomodidades. Comprar afuera, en ese relato, apareció como algo completamente natural, beneficioso y destacado casi como un “logro de gestión”.

Un catálogo global contado con entusiasmo

Majul acompañó el clima enumerando plataformas: Mercado LibreSheinTemu. Bullrich aclaró que no, que en su caso había sido Amazon, pero el listado quedó flotando como una suerte de catálogo global al alcance de cualquiera. El mensaje fue que “el consumidor tiene opciones, puede elegir y el mercado hace el resto”.

La conversación se sostuvo en un registro amable, sin tensiones. Nadie problematizó el fenómeno, nadie preguntó más allá de la experiencia personal. Todo se redujo a la lógica del precio y la comodidad. Si es más barato y llega a la puerta de tu casa, entonces está bien.

Lo que no se dijo también habló

En ese intercambio no hubo una sola mención a la industria textil argentina. Tampoco aparecieron referencias a talleres, pymes o empleo. El impacto de la importación masiva de indumentaria quedó completamente fuera de escena. La compra individual fue despojada de cualquier consecuencia colectiva.

La ausencia no fue casual. Quienes conversan son parte de un gobierno que impulsa la apertura comercial y la desregulación del mercado interno. En ese marco, el relato de Bullrich funciona como postal coherente con esa mirada del mercado como regulador absoluto y el Estado mirando desde afuera.

Una anécdota con peso político

Resultó difícil no notar el contraste entre la liviandad del tono y la gravedad del contexto. Mientras el sector textil atraviesa una caída en la producción y el consumo, en televisión se festeja la llegada de paquetes del exterior como sinónimo de libertad. La escena tuvo algo de patética justamente por esa desconexión.

La compra fue presentada como una decisión puramente personal, desligada de cualquier política pública. Como si la posibilidad de importar ropa no estuviera directamente vinculada a medidas concretas tomadas desde el poder. El mensaje implícito fue “el mercado se acomoda solo”.

La normalización del ajuste productivo

La nota original que reflejó el episodio se concentró en el precio del traje y en la plataforma utilizada, sin avanzar un centímetro más allá. Pero el verdadero núcleo de la escena estuvo en lo que se naturalizó, es decir la idea de que la desaparición de sectores productivos es apenas un daño colateral inevitable, o peor, es culpa de los propios empresarios textiles, que aunque votaron mayoritariamente a este gobierno, hoy muerden el polvo de sus propias preferencias.

En ningún momento apareció una reflexión sobre baja de impuestos a la producción local, competencia desigualcostos laborales o protección de la producción nacional. Todo quedó reducido a una lógica de consumo inmediato.

Así, el traje importado dejó de ser solo una prenda y pasó a representar una forma de entender la economía. Una mirada que ahora subió a otra etapa dentro de este “gaming libertario”, porque ya se exhibe sin pudor en la televisión. Consumir afuera, sonreír en cámara y asumir que lo que se pierde acá es un problema ajeno.

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