Nuestros Jóvenes atravesados por su contexto Social
Al comenzar con la elaboración de este trabajo, estuvimos a punto de caer en la tentación de titularlo de otra manera, utilizando la palabra «suicidio» como la primera etiqueta que acudía a nuestra memoria . Fue allí donde advertimos que tal decisión nos haría caer en la simpleza de definir o describir al individuo únicamente a partir de la conducta en sí misma, la cual constituye el objeto central de este estudio.
Sin embargo, a medida que fuimos profundizando en la investigación, comprendimos que en realidad nos referimos al resultado del accionar del individuo cuando en realidad es más compleja. Si logramos elevar la mirada más allá de la mera descripción del hecho en sí mismo, se abre una perspectiva sumamente enriquecedora.
Aunque quizás no lo alcancemos por completo, no podemos dejar pasar la oportunidad de intentarlo, aspiramos a que, al concluir esta elaboración, podamos aportar humildemente alguna herramienta orientada a abordar estas conductas que hoy atraviesan a todo el tejido social. Ya no se tratan de hechos aislados, observamos un fenómeno generalizado que impacta de manera preponderante en nuestros jóvenes y adolescentes, encontrándose profundamente atravesado por todo el contexto social.
En la actualidad, asistimos a un marcado incremento de estas » determinaciones fatales » por sobre todo en la franja estaría de adolescentes y jóvenes . Existen algunas posturas de situar la pandemia como el hito detonante o.pie lo menos significativo , en principio no concordamos plenamente con esa afirmación , no obstante, la reconocemos como un elemento significante insoslayable de ser considerado. Las causales que subyacen a este escenario son, evidentemente, por demás diversas.
Al iniciar la elaboración de este trabajo, estuvimos tentados de titularlo asignándole como primera etiqueta la palabra suicidio. Sin embargo, advertimos que ese enfoque podría hacernos caer en la simpleza de definir o describir al individuo únicamente por la conducta en sí misma, la cual constituye el objeto central de nuestra indagación. A medida que fuimos profundizando la investigación, comprendimos que nos
encontramos ante un resultado dentro del accionar humano en general.
Si logramos trascender la mera descripción del hecho en sí, el análisis resultará profundamente enriquecedor. Aunque pueda ser un objetivo ambicioso, no debemos dejar de intentarlo: aspiramos a aportar, al menos de manera modesta, alguna herramienta para abordar estas conductas que hoy atraviesan el entramado social en su totalidad. Lejos de tratarse de hechos aislados, observamos con preocupación un
incremento de estas determinaciones fatales, con un impacto singularmente marcado en jóvenes y adolescentes.
Si bien suele señalarse a la pandemia como un hito detonante, no coincidimos plenamente con esa única explicación, aunque la consideramos un factor relevante dentro del contexto. Las causales de este fenómeno resultan sumamente diversas y complejas. No podemos olvidar bajo ninguna circunstancia al individuo dentro de su contexto social. Sabemos bien que las interacciones cotidianas no solamente
tienen un significado, sino que, como bien lo hemos estudiado, poseen un significante diferenciador en el inconcientemente de cada individuo de manera particular.
Determinadas situaciones conducen a veces a los individuos a atravesar un proceso que en algunos casos puede llegar a ser reflexivo y en otros no, especialmente en los jóvenes y adolescentes, quienes aún se encuentran en pleno proceso de construcción de su maduración emocional. De este modo, frente a escenarios de estrés, conflictos cotidianos, disputas familiares o condicionamientos del propio contexto social, se generan en esa emocionalidad en desarrollo dolores y traumas. Son instancias en las que, con frecuencia, buscan comunicar y transmitir algo a través de un acto concreto.
Resulta duro señalarlo en principio, pero nos cabe preguntar: ¿acaso los jóvenes que toman esta decisión tan drástica y traumática nos están queriendo comunicar algo? No tenemos dudas de que es así. Se trata de algo que no pudieron canalizar de otra manera o de señales que tal vez estuvieron manifestando, pero que los actores de su contexto social —vínculos primarios,
secundarios, ámbitos escolares, clubes o espacios comunitarios y talleres culturales— no lograron advertir a tiempo.
Es precisamente allí donde identificamos un campo sumamente fértil para el desempeño del psicólogo social , un espacio para intervenir desde la escucha y el trabajo grupal sobre aquellas señales que, en el vértigo de la cotidianeidad y la urgencia de los problemas inmediatos, suelen pasar desapercibidas sin permitirnos leer entre líneas. Corresponde, entonces, intentar advertir qué es aquello que las juventudes intentan transmitir.
Nos quieren comunicar algo Pero para esto hay que tener una mirada precisa, una mirada concreta, una mirada que va mucho más allá de la apariencia formal o del contenido que a veces pueden tener las palabras o los actos de manera superficial. ¿Qué nos está diciendo un individuo cuando interacciona con los distintos estamentos o comunidades de la sociedad en su conjunto y que no estamos pudiendo ver? Es allí donde debemos tener un especial cuidado y una observación objetiva para poder analizar contextualmente qué le está pasando al joven o adolescente.
Sabemos que hoy en día situaciones como el » bullying,» » la violencia intrafamiliar» y la imposibilidad de alcanzar los objetivos que la sociedad exige —reclamando desde la apariencia lograr aquello que supuestamente permitirá ser «exitoso»— generan una profunda frustración al no poder concretarlo.
Vemos hoy una sociedad donde el mecanismo de recompensa se exige de manera inmediata y con el menor esfuerzo posible, por lo que no alcanzarlo puede impactar en el individuo como un fracaso a los ojos de los demás. Cuando nos referimos a la sociedad, no lo hacemos de manera abstracta, como si se tratara de un ente superior que regula y señala si se han hecho bien las cosas en relación con los logros, sino que nos referimos a los individuos con quienes se interacciona cotidianamente: compañeros de escuela, compañeros de un club deportivo y por supuesto, los vínculos primarios, vínculos secundarios, relaciones afectivas y emocionales.
Abordar la problemática alegada en jóvenes y adolescentes desde una perspectiva Psicosocial implica correr el eje de la patología estrictamente individual para comprenderlo como un fenómeno complejo donde convergen el sujeto, los vínculos, las instituciones y el entramado sociohistórico.
En este análisis, los aportes de autores fundamentales de la psicología social —como Enrique Pichon-Rivière, junto con las lecturas sobre el desarrollo afectivo y el sostén de Donald Winnicott o Melanie
Klein— resultan claves para pensar cómo el «sufrimiento subjetivo» se anuda en las condiciones de la vida social.
Esa drástica determinación suele expresar la ruptura del vínculo y de la trama vincular del individuo. Desde la perspectiva de Pichon-Rivière, » el sujeto es un producto social configurado en una red de relaciones; allí el padecimiento psíquico grave y la conducta autodestructiva pueden leerse, en muchos casos, como el fracaso o la extrema fragilidad de los sistemas de sostén y continente que la sociedad y los grupos de pertenencia (familia, escuela, pares, clubes, asociaciones intermedias) deberían proveer.»
En la adolescencia, etapa de reestructuración y construcción de la propia identidad atravesada por duelos múltiples, la pérdida de canales de comunicación genuinos y la vivencia de no ser escuchado ni mirado pueden generar una situación de encierro psíquico y aislamiento personal. La caída de los proyectos personales —afectivos, de crecimiento o desarrollo—, en un contexto socioeconómico y cultural que ofrece horizontes signados por la incertidumbre o la exclusión, debilita el sostenimiento del deseo de vivir ante el conflicto. La drástica determinación aparece entonces erróneamente como una » solución» a un dolor que se experimenta de manera solitaria e insoportable.
La sociedad actual expone a los jóvenes a dinámicas particulares que impactan de lleno en la estructuración de sus anhelos: Exigencias de rendimiento y éxito como común denominador al cual la
juventud debe aspirar.
La presión por encarnar ideales de perfección, impulsada por las dinámicas de hiperconectividad en redes sociales Instagram, TikTok, entre otras, genera una brecha insostenible entre el
ideal del yo y la realidad cotidiana. La frustración es vivida bajo un régimen de culpabilidad individual, desatendiendo el trasfondo social que produce dicha exigencia.
Se desvaloriza el sufrimiento del otro considerándolo una «debilidad «
Nos encontramos en una sociedad que tiende a minimizar el malestar o a etiquetarlo como una «patología» donde el dolor adolescente suele leerse como una «exageración» o un «llamado de atención superficial» , despojándolo de su carácter de «pedido de auxilio» un «gritox que a veces » retumba en el más absoluto de los silencios tras una crisis profunda» .
En el ámbito escolar, que sin dudas , debería funcionar como una red de » detección temprana » ,si un adolescente experimenta un » aislamiento repentino » descenso en su rendimiento y comentarios de desvalorización, esos indicadores no deben ser » ignorados » por los » operadores del sistema» docentes, gabineted psicopedagógicos , etc.
Desde la Psicología Social, la E scuela no es sólo un espacio de transmisión de saberes, sino el primer ámbito de socialización secundaria donde operan redes vinculares. Si la institución funciona solo desde la exigencia académica y fragmenta los lazos, el joven se invisibiliza. Por el contrario, una escuela con dispositivos de escucha activa actúa como un ámbito continente que restituye el valor de la palabra,
permitiendo al adolescente volcar su sufrimiento para articular herramientas oportunas con los profesionales pertinentes.
Asimismo, no se puede dejar de mencionar el impacto de la mirada del otro en los espacios grupales, donde es frecuente la aparición del bullying. La articulación de espacios de reflexión grupal permite que emerjan los malestares y que el adolescente descubra que su » angustia » no es un defecto personal único, sino un padecimiento compartido y atravesado por condiciones de época. La grupalidad opera como un espejo continente que disuelve la omnipotencia del sufrimiento solitario.
En conclusión, el suicidio juvenil no debe ser tratado únicamente como una emergencia médica o psiquiátrica individual, sino como un síntoma social que interpela la capacidad de la comunidad para sostener, mirar y dar lugar a las nuevas generaciones. Redes de contención como la familia, el barrio, la escuela y el Estado en su conjunto pueden constituirse en un factor protector; pero si no desarrollan acabadamente su función, corren el riesgo de convertirse en un factor de riesgo.
Dr. Gustavo Daniel Salvá
Abogado







