Arte y Espectáculos, Cultura

Las extremas se tocan: Shakira, Corvalán y Laferte

Por Virginia Ceratto

(especial para Mdphoy.com)

El patriarcado ha hecho, y hace, tan buen trabajo que rompe, abandona, mata, mutila, aún hoy. Y todavía cala hondo en algunas/os/xs de nuestras/os/xs hijas/os/xs, incluso aunque sean militantes feministas. Y como en el caso de féminas suena más raro, usaré el plural con a.

Aplaudimos, en todo el mundo a Shakira cuando declaró que las mujeres ya no lloran, las mujeres facturan. ¿Era verdad? No.

Era una aspiración, un deseo. Verosímil para ella y cuatro más. Aún así la bancamos. Mujeres mayormente, los tipos jóvenes, ponele… Los de más 50 la ironizaron, aún los intelectuales, y sobre todo los intelectuales, y haciendo como que la escucharon al pasar, como si “Moscas en la casa” no hubiera sonado en sus autos. La identificación con Piqué era inevitable. Nos dio igual. Y seguiremos aplaudiéndola, porque no envidiamos.

Mientras, recordamos, en alguna conversación, o al ver una foto, la soledad extrema en los festejos o llantos de nuestras hijas.

Solas, para pagar un alquiler, mantener trabajos horrendos que daban obra social, correr al médico y pactar con el insomnio para calcular qué pagar y qué gambeta hacer para que quedara para galletitas. Y el eventual regalito de cumple de una compañerita de escuela de la niña. Un porno-parto que se extendió, más allá de la violencia obstétrica que combaten María Pichot y Kekena Corvalán, durante décadas… Papá siempre fue pooobre, o cool, o divertido. Mamá, la motomami de Rosalía, siempre lista, siempre presente para barrer desdichas, para bancar puteadas, a la hora de la hora, es aburrida, drama queen, descartable. Estaríamos necesitando una curaduría afectiva en sentido muy amplio Kekena Corvalán. Una en la que el Estado reconociera que padecemos el síndrome de la cuidadora, y lo pateamos para otra ocasión, porque hay que conseguir un suplemento, que hemos perdido masa muscular, aunque ya no estemos, aparentemente, cuidando a nadie, o sólo a nuestros perros, todos de apego…

Y si estamos en la periferia, ciudades que no son CABA, y no habitamos zonas rurales como originarias en evidente falta de protección, peor. Es una región, difusa, caída en la niebla mental, la de la zona media no tolkeniana, que no nos ha favorecido en nada: Mar del Plata mira la tele o las redes y para la tele y las redes somos insignificantes (para la mitad del gobierno municipal también). Insignificancia y miserabilidad que se agrava con la edad, claro. No podemos volver el tiempo atrás y aquel sitio feisbukero “La revolución de las viejas”, que dio alguna motivación, fue partidario, no realmente social, ni político y le vino bien a la creadora del grupo, Gabriela Cerruti, no a las viejas: amas de casa, docentes, artistas, profesionales, obreras (sin tiempo para documentar la desgracia), y periféricas. Y la periferia también es el margen. Hay que tener conciencia social: somos marginales.

Y sigue el mainstream, siempre patriarcal, sigue ganando. Por varios cuerpos, y cuerpas, como dicen hijas feministas que no recuerdan que sus madres les bancaron la primaria y la secundaria y otras yerbas. Bancamos la parada. De varias luchas para las que ahora hay que volver a salir a pelear. O sea: sí, lo hicimos mal.

Tanto, que ni siquiera podemos ver desde otro lugar ese desgarro en llamas de Mon Laferte y verlo en otra clave que no sea de pareja, siendo que hace tiempo que no tenemos ni queremos, sea del sexo que sea, pareja. Y respetamos con ahínco y fruición las bondades y desdichas que quienes se enamoran. Nos parece medio imbécil, pero bancamos.

Aunque el término bancar, por eso de banco nos suene fatal.

Aquí es donde recordamos el final de “El club de la pelea”, mientras suena Mon Laferte haciendo tronar desde la Quinta Vergara chilena hasta los cimientos de tu casa. Y visualizamos (tan aún de moda eso, che) a hijas y nietas, sean de la vecina que sea, o nuestras, que salen (si tienen 30 o 40) con los pañuelos verdes, violetas y naranjas, que mamaron en casa, ya sea en las marchas, que también mamaron en casa (mientras sus papás estaban en otro lugar, con otra familia o comiendo asado) o que hace dos minutos o dos años (si tienen 20) saltaban en ese invento del UPD…

Y es inevitable deconstruir la letra y no pensar en un tipo, o en una mina, que se fue, sino en el fruto o la fruta de nuestros vientres o adopción (mientras volvemos a asumir que la jubilación no alcanza y que las mujeres no lloramos porque estamos súper hartas y que tampoco facturamos), de un modo un poquito así:

Hoy volví (siempre lo hago, los perros me esperan…).

A dormir en nuestra cama (la hemos compartido cuando tenías fiebre o una pena de amor), y todo sigue igual (apenas me clavás el visto).

El aire y nuestros gatos (aquí se puede cambiar por perro, loro, tortuga, que nos hemos quedado, hay que seguir alimentando criaturas cuando las criaturas humanas han devenido en esa adolescencia que dura hasta bien entrados los 40), nada cambiará… Salvo los efectos de la ley de la gravedad: todo cae…

Difícil olvidarte estando aquí, oh-oh-oh (difícil porque la esencia maternal parece ser así y están las redes y nunca falta el que pregunta, che, ¿tu hija?).

Te quiero ver.

Aún te amo y creo que hasta más que ayer (bueno, ahí, ya estamos aprendiendo que quizás no).

La hiedra venenosa no te deja ver (aquí se pone un poco exagerado, al menos para las que vivimos lejos del bosque, pero, apelemos al orden de lo simbólico y veamos a la hiedra metafórica que te hizo creer que soy un plomazo y que hay que huir de la vejez de la madre, no sea cosa que haya que gestionar un geriátrico, y ni PAMI ni IOMA estarían funcionando bien).

Me siento mutilada y tan pequeña, ah-ah-ah (la vejez, todo se achica).

Ven y cuéntame la verdad.

Ten piedad y dime por qué (lamento borincano, sí, eso de la Piedad resulta si lo canta Mon…).

No, no, no, oh-oh.

¿Cómo fue que me dejaste de amar?

Yo aún podía soportar.

Tu tanta falta de querer (estos tres versos son fundamentales así, juntos, por ese oxímoron de Amar y Tu falta de querer).

Sí, en el fondo lo supimos: no nos iban a perdonar que trabajáramos, que tuviéramos alguna pareja ocasional, mucho menos que cumpliéramos años, con arrugas y sin festejos con drones para que lucieran desde muchos ángulos su evolucionado aesthetic. Sin fiestón en lugar nicho, de culto… Eso no tiene glamour. También, somos un desastre… No hay vuelta al sol y boludeces así que valgan…

Y la canción sigue. No lean más, escuchen a Laferte, que es una genialidad y da por una rota y una descosida.

Hace un mes.

Solía escucharte y ser tu cómplice.

Pensé que ya no había nadie más que tú.

Yo fui tu amiga y fui tu compañera, ah-ah-ah.

Ahora dormiré.

Muy profundamente para olvidar.

Quisiera hasta la muerte para no pensar.

Me borro pa quitarme esta amargura, ah-ah-ah.

Ven y cuéntame la verdad.

Ten piedad y dime por qué.

No, no, no, oh-oh.

¿Cómo fue que me dejaste de amar?

Yo aún podía soportar.

Tu tanta falta de querer.

Ven y cuéntame la verdad.

Ten piedad y dime por qué.

No, no, no, oh-oh.

¿Cómo fue que me dejaste de amar?

Yo aún podía soportar.

Tu tanta falta de querer.

Y al final, como me recordó mi amiga Victoria Carreras, una sabia: dijo el filósofo argentino Roberto Sánchez que “al final la vida sigue igual”. Y eso nos pasa por ser tan punkis… No éramos Patti Smith…

Nota bene: Kekna Corvalán, te puedo dar testimonios urbanos marplatenses para curar durante décadas.

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