Política

La salida ya no es Ezeiza: el éxodo silencioso y definitivo hacia Brasil

Durante años, en la Argentina hubo una frase que funcionó como chicana política y termómetro social: “la salida es Ezeiza”. Se usaba para ironizar sobre gobiernos peronistas, para exagerar el descontento de clases medias aspiracionales que miraban a Europa como refugio.

Hoy, esa frase quedó vieja. La salida ya no es un aeropuerto ni una postal glamorosa. La salida, cada vez más, es Paso de los LibresSanto Tomé o Puerto Iguazú.

No hay valijas grandes ni despedidas emotivas. Hay mochilas, autos cargados hasta donde se puede y decisiones tomadas en voz baja. Es un éxodo sin épica, sin bandera y sin cobertura en los grandes medios. Un éxodo silencioso que tiene como destino Brasil y como motor algo más profundo que una crisis coyuntural, porque es el fin de las expectativas.

De turistas a migrantes

Muchos de los argentinos que hoy deciden radicarse en Brasil no cruzan por primera vez. Conocieron el enorme país vecino como turistas, algunos hasta trabajaron temporadas cortas si provienen de provincias limítrofes, otros fueron “a probar suerte”. La novedad es que ahora no vuelven. O, si vuelven, es sólo para cerrar ciclos.

El cambio es conceptual. Brasil dejó de ser “el lugar donde se gana un poco mejor” para convertirse en “el lugar donde se puede vivir”.

No hay idealización ni enamoramiento tropical. Hay comparación concreta, traducido en sueldo que alcanza, reglas que no cambian todos los meses, y que no existe una inflación mentirosa que devora el salario antes de cobrarlo. No es prosperidad; es normalidad. Y eso, en la Argentina actual, parece un lujo.

Libertad sin horizonte

El fenómeno empieza a hacerse visible a partir de 2024, con el gobierno libertario ya en marcha. No hubo un decreto que empujara a nadie a cruzar la frontera. Lo que cambió fue otra cosa. Es que el discurso oficial terminó de correr una idea que durante décadas funcionó como sostén simbólico, la de “un futuro posible”.

El ajuste permanente, la celebración del sacrificio como virtud o la repetición del “no hay plata”, achican el bolsillo y achican el horizonte. Y cuando no hay horizonte, la gente se mueve. No lo hace por ideología, sino por supervivencia emocional y material.

Paradójicamente, muchos de los que se van lo hacen en nombre de esa misma libertad que el gobierno enarbola. Libertad para elegir dónde vivir, dónde trabajar y dónde proyectar una vida que no sea una espera eterna. El problema es que esa libertad termina ejerciéndose fuera del país… Y bajo un gobierno supuestamente “colectivista” como el de Lula Da Silva.

La nueva emigración

A diferencia de otros momentos históricos, este movimiento no está protagonizado por profesionales altamente calificados que miran a Europa o Estados Unidos. Tampoco es una migración de frontera clásica, limitada a pueblos que siempre vivieron de cruzar y volver. Acá hay algo distinto.

Hay jóvenes sin primer empleo, trabajadores cansados de empezar de cero cada seis meses, familias que no llegan a fin de mes pero tampoco quieren resignarse a vivir peor año tras año.

Y hay algo más inquietante. Las personas del interior profundo y también de grandes ciudades, incluso del conurbano bonaerense, que eligen Brasil no por cercanía geográfica, sino por lógica económica.

Sin ser una estampida, es una filtración constante. Una gotera que no hace ruido, pero que con el tiempo vacía.

Cuando irse deja de ser un drama

Quizás lo más alarmante no sea cuántos se van, sino cómo se van. Sin enojo explícito, sin discursos grandilocuentes, sin necesidad de explicarse demasiado. Irse deja de ser un drama y pasa a ser una decisión racional.

En redes sociales (Facebook, Telegram, WhatsApp) proliferan grupos con nombres directos, casi brutales: “Me quiero ir a vivir a Brasil”.

No son foros de viaje ni comunidades de mochileros. Son espacios de asesoramiento migratorio, de comparación de salarios, de preguntas sobre escuelas, alquileres y papeles. Son manuales colectivos para empezar de nuevo en otro lado.

Eso no surge de la nada. Surge cuando quedarse deja de ser una opción atractiva.

El país que no miramos y se vacía sin que nadie lo note

Mientras la política discute relatos y los libertarios celebran la motosierra como si fuera un símbolo épico, la Argentina pierde algo más difícil de recuperar que dólares o reservas, pierde gente con ganas. Ni siquiera son los más pobres, porque ellos ni siquiera pueden irse. Tampoco los más ricos, que siempre tienen dónde caer. Los del medio. Los que sostienen. El agricultor, el pequeño comerciante, el plomero, gasista, albañil o profesora de español.

Este éxodo hacia Brasil no tiene fotos icónicas ni titulares rimbombantes. No hay Ezeiza colapsado ni lágrimas frente a una manga de aeropuerto. Hay rutas, pasos fronterizos y decisiones íntimas. Y tal vez por eso mismo sea más grave, y muchos todavía lo ignoran.

Porque cuando la salida deja de ser un eslogan y pasa a ser un camino real, el problema ya no es quién gobierna, sino qué país nos queda.

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