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Rodolfo Palacios: “Me interesa la segunda vida del asesino, ver qué pasa después de matar”

Foto: Osvaldo Fantón/jcp. Telam

Muchas veces las novedades llegan a través de la noticia y luego van camino a los archivos del paso del tiempo. Esa escritura, que estuvo bajo la presión del vértigo, olvida o no puede bucear en los detalles de carácter más psicológicos o humanos. Y es ahí donde aparece la figura del escritor y periodista Rodolfo Palacios: para cubrir esos vacíos y hundirse en aquellas historias que dejaron de ser placa roja o “último momento”, al tiempo que reconstruye la anatomía de personalidades que supieron ocupar un lugar en la sección Policiales.

Nacido en Mar del Plata en 1977, Palacios es un periodista que desde hace mucho tiempo se dedica a cubrir casos policiales. En lo que respecta a sus trabajos de largo aliento, hay un estilo de descripción que podría acercarse al género de la novela negra. Literatura y periodismo otra vez parecen estar en la misma fila. Su apellido puede conllevar la asociación con nombres como Raymond Chandler o Roberto Arlt y la imagen es la de un territorio de detectives asalariados, donde el cenicero está repleto de colillas de cigarrillo.

“A siete kilómetros de la panadería de los Somoza, en un cuarto húmedo y oscuro, los policías seguían interrogando a Robledo. El subcomisario Alfano y sus colaboradores escuchaban atentos mientras un suboficial transcribía a máquina el relato del joven asesino”, cuenta en el libro El ángel negro: La feroz vida de Carlos Robledo Puch(Sudamericana, 2017). Con tono similar al de las Aguafuertes de Arlt, Palacios sigue los rastros de sangre que las victimas del asesino fueron dejando a lo largo del libro. “Robledo manotea el revólver del tablero, se baja del auto y marcha como un autómata con una linterna en la mano. Virginia sigue caminando. No se da vuelta. Cree que va hacia un lugar seguro. No se imagina que la sigue una luz. Y detrás de esa luz, va un chico un poco más grande que ella, de apariencia inofensiva y sumiso, que está dispuesto a ejecutarla”.

Los libros de Rodolfo Palacios.

El escritor marplatense suele pasar mucho tiempo con las personas sobre las que va a escribir y accede a territorios desconocidos como testigo silencioso. Lleva las situaciones al límite y parece estar expectante de ver con qué se va a encontrar. Esas búsquedas lo sumergieron en libros como: Conchita (2012), dedicado al homicidio familiar que llevó a cabo el odontólogo Ricardo Barreda; Sin armas ni rencores (2014), trabajo que reconstruye el famoso asalto del boquete al Banco Río; El clan Puccio (2016), libro que va tras los pasos de Arquímedes Puccio y aquellos secuestros que comandaba la familia en los años 80. En la actualidad trabaja en un libro con Enrique Symns y en la película sobre Robledo Puch con Luis Ortega, entre otras cosas. Lo que sigue es la reproducción de su conversación con Infobae.

-¿Cómo empezó ese interés por las historias de personas que asesinan o roban?

-Empecé laburando en un diario de Mar del Plata que se llama El Atlántico y hacía deportes, porque fue mi primera pasión. Boxeo y fútbol sobre todo, aunque a veces cubría un poco de todo. Era cubrir desde un accidente hasta una calle con un bache o un caso policial. Mi primera vez en casos policiales fue en el 97, cuando mataron a una mujer que salió a hacer los mandados y fue un camino de ida. Después de la primera frase no hubo posibilidad de hacer otra cosa. Siempre terminaba cayendo ahí y fue un disparador para que me empezara a interesar por las biografías de pistoleros, asesinos y ladrones. Ahí encuentro que son historias que uno no viviría, porque lógicamente no vas a robar ni a matar, pero es como si uno estuviese viendo una película que se está rodando permanentemente y con imperfecciones. Eso, entre otras cosas, es lo que me seduce de ir a hacer una nota sobre un asalto o un crimen. Y también conocer esas vidas violentas y los lados luminosos de esas leyendas del hampa y el crimen. Por eso me fijé en personajes como Yiya Murano, Arquímedes Puccio o Robledo Puch.

-Estos perfiles vienen con los peores calificativos en el imaginario colectivo. ¿Parte de tu tarea fue buscar la parte más humana de estas personas?

-Al principio no sabía que buscaba, pero sabía que si iba por el lado de juzgar o estigmatizar, perdía. Lo que me interesaba era escuchar las versiones de estas personas y ver el lado más desconocido. El que leyó casos policiales sabe quién fue Robledo Puch, quién fue Puccio – sobre todo después de que se hizo la película – o qué hizo Yiya Murano, pero pese a eso, lo que me interesa es retratar la decrepitud. La segunda vida de un asesino y ver qué pasa después de matar. ¿Qué pasa con ese asesino? ¿Se mata a sí mismo? ¿Se reinventa? ¿Qué pasa con la sociedad ante ese ser despreciado cuando cometió el crimen?

-En la antología ¡Extra!, que trabajaron los periodistas Javier Sinay y Osvaldo Aguirre sobre la crónica policial en nuestro país, se percibe la historia de estigmatización en el discurso sobre asesinos y ladrones. En el caso de tu libro sobre Robledo Puch, uno quizás lee la sensibilidad de una persona, que siempre fue retratada como lo peor de lo peor.

-Me atraen esos motes que se utilizaban en las crónicas de aquellas épocas. Si uno lee las crónicas de los años 20, 30 o 50, se encuentra con definiciones como “El chacal”, “La hiena maldita”. A Robledo le decían de todo: “El asesino unisex”, “El chacal feminoide”, “La bestia con cara de ángel”. Como devoto de Roberto Arlt, puedo decir que leyendo la obra que se compone de sus Aguafuertes, los cuentos, sus novelas y hasta sus obras de teatro aparecen esos términos de mirada canallesca, oblicua. Hay un hombre subterráneo con alma de acero. Toda esa terminología es atractiva, pero detrás de esas personas, llamadas bestias, hay hombres que también pueden ser sensibles y cuidar un hijo o conmoverse por una película. Caminando con Barreda, vi como había gente que lo felicitaba o que le pedían sacarse una foto, o incluso la admiración que despertaba Yiya Murano en algunos jóvenes, como si fuera un ícono pop. En el caso de Robledo Puch fue más complicado, porque cuando llegué a él pensé que era alguien insensible, que no iba a derramar una sola lágrima. Creí que iba a estar ante un hombre lobo enjaulado y realmente me encontré con un hombre atormentado.

-De meterte tan profundamente en la vida de esas personas, ¿sentís que ahora podés lograr una voz narrativa para contar el lado B?

-Al principio iba ciego y hoy sigo yendo de esa misma manera a hacer este tipo de notas, pero con más elementos y cierta estrategia. Cuando escribí el libro de Robledo Puch, hace ya diez años, me hundía y escribía con las persianas bajas. Robledo me decía que lo había conmovido la película Juana de Arco porque le hacía recordar a su madre y me ponía a mirar esa película. Trataba de meterme en lo más profundo de cualquier detalle íntimo y eso termina de contaminar. Me cuesta contar algo sin distancia y es un defecto, lo reconozco. Uno debería poder contar el mundo sin salir de su casa pero eso lo hacía Borges, nada más. Como me considero periodista antes que escritor, entiendo que el periodismo sin calle prácticamente es utópico. Es como ser bombero sin salir del cuartel y apagar el incendio virtualmente. Lo que tiene este mundo es que ninguna historia es igual a la otra. Cuando pienso que no voy a contar otro caso como el de Barreda, aparecen otros hechos que tienen elementos que son de una tragedia espeluznante o de lados desconocidos.

¿Hay algo que haya cambiado tu mirada sobre los asesinos y ladrones?

-Todo lo que hacen los asesinos y ladrones se termina anunciando con pequeños signos o mensajes que quizás no se puedan descifrar, pero está latente. No es que sorpresivamente uno dice: ¡uy, mató a toda su familia! Cuando se empieza a bucear y a conocer al femicida o al asesino, uno se da cuenta de que había muchas señales que no se veían. (Enrique) Symns dice que en algunos asesinos el asesinato existe en su alma antes de que cometa el crimen.

-¿Qué es lo que más te convoca de este mundo “delincuencial”?

-Lo que más atrapa, en primera instancia, es salir a la calle, porque todo parece que se puede hacer desde una casa, un aeropuerto o una sala de espera. Parece que estamos presentes sin estarlo. Por eso la diferencia que tiene el periodismo delincuencial es que te acerca a los orígenes. Salís a la calle a que alguien te cuente una historia sin un celular de por medio. Lo que pasa con estos personajes es que creo que todavía tienen ese misterio y enigma que nadie puede atravesar. Ni una cámara de seguridad ni un grabador. Ni siquiera la mirada, pero está ahí y eso es lo que sigo buscando.

Respecto al trabajo sobre Robledo Puch, ¿cuál fue el lado sensible o atormentado que pudiste conocer?

-Fue cuando me habló de su infancia y recordaba que el padre le enseñó a manejar. El llanto que tuvo se puede comparar con el de un niño. Aún hoy sigue algo de aquel niño y es increíble que con todo lo que pasó no haya podido matar, un poquito, esa inocencia. Leila Guerriero dice que nadie es ni monolíticamente malo ni monolíticamente bueno. O sea, un asesino no está todo el tiempo matando. Hasta el Papa Francisco confesó que le robó un rosario a un amigo que murió. La persona más noble puede tener un costado oscuro y viceversa. Por eso, en Robledo Puch eso fue lo más sensible de su discurso. Esa emoción que surgió mientras contaba que su padre le enseñó a manejar, o a remontar un barrilete, o que la madre lo llevaba a la escuela y le enseñaba las especies de pájaros o las distintas flores.

-¿Qué lugar ocupa la traición en estas historias?

-Es un ambiente en el que está la traición. No digo que esté en todas las capas pero es algo que forma parte de la esencia del hampa. Desde la mafia italiana hasta los primeros bandidos existió eso. Es la traición por un botín, por un secreto revelado, por quedarse con la mujer de un compañero de banda. La traición justamente ya está en robar, porque se está traicionando a los mandamientos. Eso lo aborda mejor (Jean) Genet. Esa traición tiene que ver con combatir la moral de la sociedad. Ser genuino en algo como si fuese un hecho artístico. Pero siempre depende a quién se traiciona. Una cosa es traicionar a Astiz y otra cosa es traicionar a Estela de Carlotto. Por eso me sirvió contar en el libro de Barreda que, cuando me junté a comer con él, por ejemplo, le llevé un vino que se llamaba Pecado y no cualquier otro. Eso también es preparar la escena de un crimen, porque hay intención de sensibilización y voy a buscar eso. Con el tiempo me di cuenta de que tengo un poco el ritual de los asesinos y ladrones. Genero ambientes que no solo tienen que ver con la grabación de sus declaraciones, también hay cosas que pueden estar relacionadas con salir a la calle y que vayamos al cine. Y no elijo ver Mi villano favorito sino Twin Peaks, por ejemplo. Ahí está la revelación, en el mínimo detalle está la cuestión y eso no debe perderse cuando se trata de contar una historia.

¿Esa búsqueda de revelaciones es lo que evita que termines de involucrarte? Pienso en Robledo Puch.

-Lo que pasa con este tipo de historias es que si no hablo con el asesino o el ladrón me cuesta mucho. Si solo hablo con la víctima, muchas veces termino devastado. Por eso tomó la opción del asesino, y no por apología o aporte. Es alguien que trata de contar una historia y es ese lado oscuro, la mirada del canalla, de aquel tipo que aparece en primera plana y después desaparece en una celda y pasa a vivir una vida paralela. Esa vida carcelaria es inaccesible por más que veamos una historia de cárcel y creamos que se sabe todo. Hay algo a lo que es imposible acceder. Con Robledo Puch me pasó, por ejemplo, que en un momento él se puso a hablar con Caballo, un amigo de la cárcel, y nos encierran en un pequeño despacho. En ese instante se me caen diez pesos y se los doy. Lo miraban como la gran cosa y después se miraron ellos. Al rato me voy y me despido. Mientras caminaba para salir me doy vuelta y veo que están comentando algo por lo bajo con una mirada que parecía tener que ver conmigo. Ahí me di cuenta de que no iba a saber jamás lo que decían. Ese es el misterio inaccesible por más que haya entrevista de por medio. Es lo no dicho, lo que no tiene nombre y nunca se va a saber.

Por Gustavo Grazioli

Infobae

Un comentario

  1. Excelente escritor de policiales