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 Por qué Héctor Ricardo García es irrepetible

Dueño de un estilo, un género que caracterizó a las redacciones, las cuales estaban impregnadas del fuego sagrado del oficio o la profesión. En los medios de Héctor Ricardo García, se respiraba el clima permanente de estar “en vivo” constantemente, hasta en la calle o en lugar menos imaginado donde la noticia era la estrella.

Don Héctor era un enamorado de Mar del Plata, un devoto de esta ciudad y su ánimo de competencia, de constantes desafíos lo hizo desembarcar en el diario El Atlántico, cuando comenzaba la década de 1980. Lo tomó con una tirada testimonial, un piso para nada significativo.

Incorporó periodistas, redactores, correctores, reporteros gráficos y trabajadores gráficos. Dotó de equipamiento logístico y nueva rotativas inexistentes para el medio local. Con todo en funcionamiento, alcanzó un despliegue para lograr estar en el lugar de los hechos. No existían años atrás, obvio, las facilidades y la tecnología, que permiten hoy entregar un producto en piloto automático que provee internet.

En primer lugar instaló la marca y en cuestión de meses edificó otra referencia editorial, con su sello propio. Comenzó a disputar el mercado de manera frontal, a procurar ser sustentable con el valor de su precio de tapa y la cantidad de ejemplares vendidos. Esa era la ecuación de su visión empresarial y riesgo de inversión totalmente a su cargo.

Bien genuino, no fue ni mandó a nadie a apretar o a extorsionara las autoridades políticas de turno. Se fijaba sus propias reglas de juego, confiaba en sus productos, en su sistema de instalación a partir del cual se proyectaba. El diario Crónica era la matriz y vendía a Mar del Plata como producto local, logrando un posicionamiento notable para la época.

Don Héctor no salía en fotos ni brindaba con los dueños del poder, ni ejercía su influencia que desde ya tenía por la importancia de las empresas que supo acunar. Su talento y su intuición iban de la mano. Sus decisiones acompañaron esas virtudes, pero en algunas ocasiones esa impronta no fue debidamente rodeada, y esa responsabilidad únicamente puede achacársele a él mismo.

Absolutamente nadie que haya pasado por sus talleres, redacciones y corresponsalías, puede haberse ido sin haber aprendido algo. En todas las empresas, periodísticas o no, existen los desencantos, frustraciones, decepciones, incumplimientos, y las suyas no eran la excepción, pero  nadie con creatividad y tenacidad se quedó afuera, o tuvo su oportunidad para aprender y desenvolverse en otro lugar.

La faz comercial no debidamente explotada, quizás subestimada,  y una competencia desleal con quienes negociaban con el poder, fueron obstaculizando un liderazgo que claramente ostentaba con recursos basados en explotar las noticias y la información. Sería necesario recordar que todo era en papel, la impresión gráfica con rotativas que no se fabricaban en el país. Un cúmulo de desafíos muy difíciles de atender y desarrollar.

Sensacionalista, amarillista, chorreaban sangre, sus publicaciones alcanzaron niveles inéditos de venta, y en la actualidad hay una buena dosis de truculencia. Una forma de presentación que aceptada se agotaba en los quioscos y para los canillitas era el ingreso de mayor importancia en el rubro venta de diarios.

En Mar del Plata intentó repetir sus clásicas tres ediciones, matutina, quinta y sexta. La ciudad no daba para sostener una estructura de costos que no se justificaba, resumiendo y absorbiendo el personal de cada turno que impactó y enriqueció la edición matutina, en especial con sus suplementos de domingo.

La transformación lo convirtió además en un diario zonal que llegó a Tandil, Necochea, Miramar, Balcarce y Villa Gessel. En Tandil alcanzó a vender 5.000 diarios los domingos, cuando la media de todos los diarios serranos juntos no superaba los 3.000. Montó corresponsalías y adoptó la modalidad de enviados especiales para seguir a equipos deportivos de la ciudad y de la zona o cuando un acontecimiento así lo requería

Hubo picos de venta en Mar del Plata, y la obsesión de Don Héctor era el cierre del diario a pura adrenalina para llegar al Casino Central  y a la Terminal de Ómnibus, para la venta y la distribución temprana. Circulaba mucha gente durante la madrugada que esperaba la llegada de El Atlántico a los principales quioscos de la ciudad. Así eran todos los días de trabajo, que indefectiblemente terminaban en la parrilla Trenque Lauquen, en la Taberna Vasca, en el Caballito Blanco, en Tía Teresa, y por supuesto en Capítulo V.

Don Héctor no era un burócrata, escribía, atendía los teléfonos (no había celular), sacaba fotos, manejaba un móvil, cortaba cables de la telex, operaba las telefotos, titulaba. Ahí nacía su jerarquía que eran sus conocimientos, la resolución inmediata, aunque sólo fuera título, foto y epígrafe. Una escuela, un aprendizaje que a través de los años y con distinta versatilidad, le dieron una garantía de formación a todos quienes estaban dispuestos a aprender y sumarse a la legión de informar.

No se podía volver a la redacción sin la foto y los datos para hacer 10 líneas, no hacerlo era motivo casi de exoneración, amarilla luego roja o congelamiento. Pero todos con reglas caras, sin doble mensaje ni lecturas o interpretaciones con mala intencionalidad. Era todo a cara descubierta y a mano limpia.

El Atlántico supo liderar las ventas a base de periodismo puro. No faltaba nada, loterías quinielas extractos de los sorteos, fúnebres, cartelera de espectáculos, deportes, policiales, políticas, sindicales, barriales todo en ediciones de 36 a 48 páginas, en ese entonces en blanco y negro. Aunque hoy (medio siglo después) todavía existen diarios que para el espanto siguen saliendo en blanco y negro, con fotos  e impresión que avergüenzan a quienes se ven reflejados en un manchón negro. Una demostración de atraso en todos los órdenes.

Hubo picos de tirada que alcanzaron los 50.000 ejemplares de venta, como la consagración de Argentina en México ´86, el caso de Carlos Monzón con la muerte de Alicia Muñiz, la tragedia que terminó con la vida de Alberto Olmedo.  El bingo de El Atlántico con la distribución de tarjetas fue un verdadero boom en la ciudad, que permitió sostener una estructura que algunos definían como una empresa pública en la actividad privada. Una de las razones de la caída de un emporio gráfico televisivo que molestó a muchos intereses por su independencia, que no supo de excepciones.

 En 20 años de trabajo llenos de anécdotas, rescato dos ocasiones en las cuales me tocó acompañarlo, en una de ellas en su avión propio a seguir el caso de Sergio y Mauricio Schoklender, por el asesinato de sus padres, y en la restante estuve a su lado en una inolvidable transmisión televisiva, de la cual fue director de cámara en un recital de Leonardo Favio en una desbordada plazoleta Almirante Brown.

No vivió del Estado ni de sus prebendas, aunque no haya sido un ejemplo como contribuyente. Generó miles y miles de puestos de trabajo genuinos. No se puede hablar de la historia del periodismo en el país, sin dedicarle una página de oro a Héctor Ricardo García.

Adiós a un grande.

Jorge Elías Gómez

jgomez@mdphoy.com

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