Arte y Cultura

Los cuatro amigos armoniosos (Jataka ) y la Edad de Oro

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Oculto en la espesa y sombría jungla de la India, el elefante[1] observó con reprimida ira el reiterado y habitual espectáculo de la depredación. Allí, ante sus ojos, que parecían bondadosos pero que en realidad eran inescrutables, comiendo hasta hartarse de los frutos del árbol de la vida, se relamían, de una manera tan ostentosa que a él le parecía burlona, los tres animales que le quitaban el sueño y el sustento: el mono de la estirpe de Hanuman, el faisán dorado, del linaje de Prajnaparamita y la liebre de Nepal, la cumbre del planeta. En pocas horas, estos tres depredadores y sus familias habían devorado la casi totalidad de los frutos del baobab, el árbol de la vida, y ya nada quedaba para el gigante vegetariano.

En esa época del año el alimento escaseaba y el elefante dependía de las frutas del baobab para subsistir. Su formidable apetito le reclamaba toneladas de jugosas plantas y frutas y sólo tenía en cambio un forraje seco y polvoriento. Había comenzado a enflaquecer. Sabía que era inútil espantar a los depredadores. Huirían, volarían o treparían y pronto encontrarían otro árbol y seguirían devorando los alimentos que él necesitaba con urgencia para no morir de hambre. Aunque el elefante podía llegar con su trompa hasta seis o siete metros de altura, el baobab atesoraba una enorme cantidad de frutos a más altura, incluso a más de veinte metros de altura. Hasta allí no podía llegar con su trompa… El elefante reflexionó y decidió cambiar de táctica. En lugar de perseguir a sus competidores debía parlamentar con ellos.

Utilizando su trompa como trompeta el elefante anunció a los tres frugívoros su intención de dialogar. Pero éstos no le creyeron y al oír el sonido de la trompa elefantina optaron por huir y se refugiaron en la selva. Entonces el elefante se acercó al árbol milenario y se sentó debajo de su copa. Desde allí les habló y les propuso amablemente llegar a un acuerdo. El mono y el faisán subirían a las ramas más altas del árbol y desde allí harían caer los frutos del baobab para que el elefante se alimentara. ¿Qué ofrecía el elefante a cambio de tan generosa ayuda? Él recorrería la selva ahuyentando y espantando con el estruendo de sus pasos, que harían temblar la tierra, y con el clamor de su trompa, al terror de la jungla, al tigre, devorador de monos, de liebres y de faisanes. Luego agregó con un hondo suspiro que si no aceptaban su propuesta moriría pronto, porque el hambre lo mataría. El faisán dorado, que era una manifestación de la sabiduría, de Prajnaparamita, aprobó la moción del elefante y los demás se adhirieron.

[1] La mente del elefante es tan poderosa como su cuerpo. Por eso el elefante blanco es símbolo de Buddha, el símbolo viviente de Buddha. Al ver la foto del rey de España con su rifle en la mano al lado de los cadáveres de magníficos elefantes, orgulloso de haberlos matado, nace espontáneamente una oración del corazón de los humanos verdaderos y esa oración ruega llorando que pronto se haga justicia y que llegue a su fin la Edad de Hierro.

Sólo faltaba ahora saber cuál sería el rol de la liebre. La liebre de la cumbre del mundo, de orejas puntiagudas, dijo que recorrería la región e indicaría a sus amigos dónde estaban los árboles más cargados de frutas. De modo que todos contribuirían al bien común, al bienestar general. Se llegó oralmente, sin escrituras, a un acuerdo, porque en la confianza que es primordialmente libre se halló ejemplo a seguir. Desde entonces, los cuatro amigos armoniosos se ayudaron mutuamente y no hubo más conflictos entre ellos. Cuando surgían dudas o problemas consultaban al faisán dorado. Las plumas del faisán brillaban con el oro de la compasión y de la sabiduría.

Así también, análogamente, en algunos países, diversas comunidades humanas llegaron a un acuerdo mutuo. El Estado, el gobierno (“el elefante”) dejó de aterrorizar al pueblo (“el mono”, “la liebre” y “el faisán”) con las fuerzas estatales de represión. El pueblo formó una coalición y entre todos ayudaron al gobierno. A su vez, el Estado colaboró generosamente con el pueblo. Y si surgían dudas o problemas, el pueblo y el gobierno consultaban a los sabios, a la Autoridad Espiritual (“el faisán”). Si les parecía bien lo que proponía el faisán, seguían sus consejos. También podían elegir no seguirlos, no era obligatorio, pero con el paso del tiempo todos llegaron a la conclusión de que el faisán dorado siempre tenía razón. Había también varias corrientes políticas dirigidas por ambiciosos hombres públicos (“el mono”) que trataban de escalar posiciones y convertirse en gobierno. Pero ninguna de esas corrientes pretendía destruir al Estado. Los comerciantes (“la liebre”) se dedicaban a descubrir riquezas, tesoros escondidos y, cuando no los encontraban, los creaban. Las liebres sabían dónde se encontraban los recursos y cómo extraerlos. Hacían brotar baobabs rebosantes de frutas y generosas fuentes de dátiles en medio del desierto.

No existía una clase trabajadora aparte y distinta, porque todos trabajaban para el bien común, el elefante, el mono, la liebre y el faisán. Los cuatro amigos armoniosos se repartían sin conflictos los frutos del árbol de la vida. Análogamente, los gobernantes, los políticos, los comerciantes y los sabios se repartían sin conflictos las ofrendas del árbol de la vida. Los políticos dejaron de promover la lucha de clases como medio para resolver los problemas y las desigualdades sociales y escucharon la voz del faisán de oro que les recomendaba la armonía. Así desaparecieron las guerras civiles en el interior de los países y las guerras entre las naciones y la paz de la Edad de Oro se restableció en la Tierra.

[1] Cuento o relato budista.

[1] La mente del elefante es tan poderosa como su cuerpo. Por eso el elefante blanco es símbolo de Buddha, el símbolo viviente de Buddha. Al ver la foto del rey de España con su rifle en la mano al lado de los cadáveres de magníficos elefantes, orgulloso de haberlos matado, nace espontáneamente una oración del corazón de los humanos verdaderos y esa oración ruega llorando que pronto se haga justicia y que llegue a su fin la Edad de Hierro.

 

Licenciado Julio César Forcat

jcforcat@gmail.com

Un comentario

  1. Julio Forcat, tengo este libro de tu autoria. Es para releer cada tanto. Deja buenas enseñazas esta literatura.La rica imaginacion y bueenos sentimientos del autor se han personificado en cada animal de los buenos. Y los malos tambien existen…una rica historia cargada de simbolismos en «el arbol de la vida»