Carta de Lectores, Opinión

Horas inciertas

Frente a las noticias que voy recibiendo por internet (ya la TV y sus periodistas de aproximación resultan imposibles de escuchar y más difícil aún de entender) estoy comprobando que Latinoamérica toda está recibiendo la última y desesperada oleada de este Socialismo del siglo XXI, que no se resigna, pese a la decisión y valentía de algunos jueces como Sergio Moro de Brasil, a soltar estas prebendas delictivas que vienen disfrutando desde hace ya muchos años. Prebendas que empobrecieron a sus pueblos y enriquecieron hasta niveles de escándalo a sus dirigentes (así y todo, esos habitantes carentes de educación y adoctrinados hasta el fanatismo, siguen creyendo en los “espejos de colores”).
Luego de esta introducción, analizo las grandes diferencias que distinguen a dos colosos latinoamericanos como son Argentina y Brasil, colosos que tienen ante sí algo que los identifica y une, la inefable corrupción de sus fuerzas políticas y sindicales (creo que, pese a Odebretch y Petrobras, Argentina detenta un mayor índice de delitos económicos y políticos que su par del norte).
En esta escalada delictiva a la que nos han conducido esas políticas “de ablande”, el marxismo se ha constituído en juez y parte de esta situación y promueve desórdenes en cada uno de los países mencionados. Y es acá donde se manifiestan las profundas diferencias de concepto entre ambos países.
Brasil, con una justicia con fallas pero con algunos jueces que no se dejan amedrentar por las presiones político-sindicales. Argentina, con una justicia venal que nos convoca a una marcha para el 12 de Abril, en reclamo de decencia y ejecutividad.
Brasil, con una política exterior que, desde Itamaraty, siempre ha sido coherente pese a los distintos signos políticos que rigieron en tantos años. Argentina, con una política exterior que mueve a la vergüenza desde 1943 en adelante y acá no hago distinción de partidos políticos ni militares, fueron la incoherencia personificada.
Brasil, con FF.AA. que, si bien pueden tener diferencias, conservan el bien común de defender la integridad de su patria y constituyen un factor de poder (además están bien pertrechadas). Argentina, con una tarea política de disolución llevada a cabo desde 1983 hasta nuestros días, que ha dejado a nuestras FF.AA. inermes ante cualquier contingencia (este desbalance puede costarnos caro exterior e interiormente).
Quiero, para finalizar, dejar en claro que estoy siguiendo con sumo interés el proceso de Lula, porque, con dignidad y patriotismo, puede convertirse en un saludable efecto dominó que arrastre a nuestra querida Nación. No soy afecto a la intromisión en asuntos de países extranjeros pero quise traer este ejemplo de preservación de la institucionalidad.

Alberto E. Valente

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