Arte y Cultura, Teatro

Para saber cómo es la soledad

Lúdica. Ana Acosta sobresale en Mi brillante divorcio.
Lúdica. Ana Acosta sobresale en Mi brillante divorcio.

Por Virginia Ceratto

Dirigida por Carlos Evaristo, con texto de Geraldine Aron -en traducción de Julieta Gallo- la impecable Ana Acosta desembarcó en Mar del Plata con Mi brillante divorcio, unipersonal que recupera algo y mucho de esa ductilidad generosa que supo regalar la actriz en su memorable Cómo se rellena un bikini salvaje.

Con un libreto de evidente raigambre sajona -allende los mares el euro se corresponde dadivoso con la protección social de la que gozan muchas mujeres recién divorciadas-, Acosta sortea este “desajuste” con la realidad argentina merced a su histrionismo e indudables dotes actorales.

Ana es Angela, una mujer que seguramente ha pasado hace poco los cuarenta, que se para en una baldosa de incierto presente de recién divorciada, con un pasado que le sirve de poco y un futuro con perenne nubosidad… invariable. La crisis de las que nunca se detuvieron a pensar quiénes eran ni qué querían, de las madres ante el nido vacío -los hijos jóvenes se van, se van, se van…-, de las féminas a las que ningún metacrilato les saca la expresión de desencanto, y por fin, la búsqueda de paliativos ante la soledad, son jugadas generosamente por Acosta que es, ya Ana, ya un médico harto de una hipocondría rayana al Munchansen, ya una gineco que está de vuelta de todo… y así sigue la galería.

Seguramente la obra sortea la hondura de ese desencanto a esa altura de la vida con sus gags y la pasta de comediante de luxe de Acosta, pero se atreve a la mención de lo insoportable y a la apelación a la ternura, y nos deja, como yapa, la certeza de que el sentimiento tiene mala prensa porque sólo por el sentimiento podemos ser heridos de muerte, y hasta se juega por un voto al amor como indispensable tabla cuando te caíste de tu propio e intransferible Titanic.

Para sonreír, para pensar un poquito en la amiga o la tía a la que no les damos ni la hora porque “se queja de llena ahora que tiene más espacio en el placard”, para aplaudir a una actriz que solita, solita, da lo mejor de sí en el escenario.

Un sillón de tres cuerpos que queda tan, tan grande cuando una está sola, un perro de peluche y la brillante insensibilidad de la luna -porque cuando una mujer fue dejada, siempre es de noche- alcanzan, porque ella está ahí, en el escenario: Ana Acosta.

Viernes y sábados a las 23, en la sala Melanie.

Un comentario

  1. Me encanta el tema , quisiera saber si la obra está actualmente en escena y cuanto cuesta la entrada.
    GRS

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*