Opinión

Néstor y nosotros

Los 90′ nos habían dejado el cerebro atrofiado. Por un momento (que duró una eternidad) creímos que nuestro porvenir consistiría en repetir en voz alta las editoriales de Jorge Lanata y escuchar la voz grave de Pergolini comentando el último disco de Metallica. Hasta el infinito. La rebeldía era, a duras penas, el bullicio adolescente de una hora libre en la escuela. Allí estaba el non plus ultra de la juventud argentina. Ése era el último bondi a Finisterre de una generación. Un túnel oscuro repleto de ruido y de apatía. El fenómeno sociológico en torno a Los Redondos expresaba un hecho trascendente: la política había perdido su capacidad de concebir un cuadro de representación social. En manos del rock. O la televisión. O el fútbol. No sé si se saneó definitivamente esa falta. Es decir: no sé si Néstor, su irrupción imprevisible, propia de un superhéroe de comic, saneó definitivamente esa falta. No lo creo. Siempre el kirchnerismo y el amor fueron más lo que imaginamos que lo que en verdad son. Se necesitan de esos juegos de la mente para sobrevivir. Ahora bien, sí estoy convencido de que muchos apagamos la Rock And Pop. Y empezamos a sospechar del tipo que nos trataba de “boludos”. Fue como un satori sobre la interpretación del mundo. Tan refrescante y violento. Una nueva era. Incluso a los que siempre lo miramos de reojo, de derecha a izquierda, Néstor nos movió la cancha. Nos dejó en off side, ridículos, ¡agitando la bandera de la Nada! Y tuvimos que tirar al tacho de la basura nuestra precaria lógica de nihilistas de principios de siglo. Hasta no creyendo en vos, tenés que tener una postura ante el devenir de los acontecimientos de un país. Ya nadie duda de que ser “cool” es un insulto. Es que la interpelación no sólo apuntó a las instituciones más retrógradas del país (la Iglesia, las Fuerzas Armadas, la Sociedad Rural) sino también a la conciencia individual de cada uno. Y ahí se pone interesante la cosa. Antes lo que sucedía allá arriba estaba a años luz de nuestra sensibilidad. Por primera vez sentimos que apoyar o no a un gobierno entrañaba una responsabilidad civil. Que el discurso no sólo era una sucesión de palabras más o menos edificantes (un “chamuyo”), sino un acto concreto y producto de una lógica, la otra, la impensada, la de nuestros ideales.

Después crecimos y nos fuimos del barrio. El kirchnerismo resultó complicado.

Todo eso (y mucho más) no hubiese existido sin él. Y hoy es el día de su muerte. Justo hoy. El ambiente sepulcral que instaló el censo, de domingo a la décima potencia, quedará por siempre en la retina emocional de los recuerdos. Como no hay nada que hacer, nos recluímos en el ejercicio existencial de pensar en la muerte. El país es un enorme velorio y las postales de todos estos años se proyectan en nuestras mentes en un video clip desenfrenado. La primera y tal vez más emblemática es el día que asume la presidencia. Hace malabares. Elude el protocolo y poguea con la gente. Gestualiza, incansable. Le rompen una cámara de fotos en la frente. Sangra. Se ríe. “¿Pero quién mierda es este tipo?”. Eso nos preguntamos todos, a veces cagándonos de risa, encadenados a su show, en otras ocasiones indignados, especialmente cuando su estrella comenzó a apagarse, se recostó en el PJ y tuvimos que justificar cada uno de sus movimientos aludiendo al verso de la “realpolitik”. No ser “funcional a la derecha”. No limitarse al sueño de ese progresismo noventoso, tan utópico e inoperante. O, directamente, una subordinación más cercana la fe religiosa que a la argumentación política.

Escribo en plural porque tengo plena seguridad de que, como pocas veces (como nunca), soy parte de un suceso de alcance colectivo. Parte de algo. Una misma estupefacción, una misma ambigüedad y, sí, un mismo dolor ante el tipo que (en buena medida, a pesar de sí mismo) llenó de sentido gran parte de nuestra existencia. Gracias.

Por Martín Zariello para ilcorvino.blogspot.com

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