Portada

La parrilla de Piero y “la oposición”

Durante algunos meses de 1994 cené en la Parrilla de Piero de Directorio y Riglos, cuando vivía en Buenos Aires. Un pequeño reducto con 5 mesas, una parrilla chueca, un escaparate diminuto donde estaba la “secreta” cocina, un viejo mostrador, y algunos comensales solitarios más los que se denominan al paso (tres banquetas contra el viejo mostrador con la formica blanca saltada en los bordes y algunas otras partes).

La porción de asado de tira (muy generosa) con la guarnición de fritas era irresistible. Piero te la sacaba de la parrilla justo a punto y las papas eran bastones gruesos bien dorados por fuera. Te servía en un plato durax de vidrio amarronado, haciendo juego con un vaso petiso, hasta el tope de Pepsi, más tres miñones.  (Chori no… Nunca esa carta!!! para un cabecita negra como yo que conoce la diferencia entre un chori de ciudad y uno de campo adentro).

Cierta vez mi cena se interrumpió violentamente por un desmayo de Piero. Obvio, 45 grados de calor y al lado de la parrilla lo deshidrataron. Llegó la ambulancia y lo trasladaron al Durand. Quedate tranquilo Piero.- le dije mientras lo subían.

Quedate tranquilo significaba que yo guardaba todo lo de afuera (puertita de reja, un par de bolsas de carbón y una mesa), apagaba las luces, cerraba y le avisaba a su hermano para que viniera de Munro al centro, a buscar las llaves a mi departamento. Todo eso me correspondía por ser el comensal frecuente más antiguo y por metido.

-parrilla[1]

Cuando comencé mi tarea y entré al escaparate “secreto” de Piero, casi me muero. Una mesita de plástico, apoyada sobre dos cajones de Pepsi, era como una especie de estantería de mil cosas. Había de todo. Entre el todo había una población multitudinaria de moscas. A un costado estaba la cocina (esas chiquitas de dos hornallas también sobre cajones (dos de Pepsi y una de Bieckert) con una pila de latas de batata, al lado, llenas de aceite viejo y en el flotando bichos de verano y moscas como si fueran José Meolans. La cocinita, que alguna vez se adivinaba que había sido blanca tenía una protección de grasa contra el oxido de 18 pulgadas aproximadamente. En uno de los clavos de la pared colgaba un hidalgo colador gigante (que supongo se usaba para sacar las fritas) que dejaba una hermosa mancha de aceite desde el lugar en donde estaba colgado hasta el piso. Precisamente el piso del lugar había sido aseado el día de la inauguración, con suerte (dos años antes según contaba Piero). Abrir la heladera, (una Siam familiar) fue entrar en una dimensión única. Allí, moscas (de Alaska calculo, por el aguante al frío) organizadas aprovechaban las aperturas de la puerta de una sola manija para entrar y salir en una especie de aeropiquete atropellador e insolente. El interior de la Siam tenía una sola bandeja a la altura de la pantorrilla, y debajo de esa bandeja había tomates, zanahorias y lechuga compactada como si lo hubieran hecho los muchachos de Manliba. Todo el resto de la heladera era carne, morcilla y chorizos apilados de manera anárquica o desorganizada por las moscas esquimales, vaya a saber uno. La cárnica pila convivía con tres o cuatro pollos (dentro de sus bolsas) y con un tarro plástico de 30 litros donde flotaban (en agua con lavandina) achuras de variadas partes de la vaca y pedazos de vacío. No quise revolver, pero creo haber visto un par de chorizos refrescándose también. Detrás de la cortina del escaparate estaba la bolsa de papas, que a estas alturas me miraba haciendo gala de su pulcritud y fanfarroneado con tener sólo la compañía de un caminito de hormigas coloradas que salían desde ella para dirigirse detrás de la garrafa hacia la línea E del subte. Otro tarro de 30 litros era el recipiente de residuos que sobrepasado en cantidad de porquerías era acompañada por una fauna muy variada de seres vivos, desde gusanitos diminutos hasta un par de helicópteros parecidos a moscas verdes.

Los tres repasadores que pude divisar entre las telarañas y el Osram de 60 (sería de 100 pero la grasita lo apocaba), debería haberlos llevado al museo de ciencias naturales, ya que por petrificados hubieran sido declarados reserva natural. No voy a explayarme sobre las tres cucarachas que me miraron como un invasor de su habitad natural, ni sobre la colección de basura que había detrás del mostrador de fórmica, donde la vajilla estaba repartida entre una pequeña madera a modo de estante y un fuentón de lata con agua, mugre y alguito de detergente, donde supongo se higienizaban entre comensal  y comensal, para ser secados minuciosamente por los repasadores del museo.

El baño lo dejo para una novela del género escatológico porque necesito todo un libro para describir semejante SEAMSE de necesidades fisiológicas.

Lo importante, es que a los tres días Piero estaba sano y fuerte al costado de la parrilla con la misma sonrisa de siempre. Fui invitado a comer lo que quisiera a cargo de la casa. Nunca más volví a hacerlo allí.

Luego cambié de rumbos y la vida me llevó a otros lugares.

En estos días de cerril y unánime oposición al gobierno he pensado que habrá detrás de esas alianzas de sonrisas blancas e impolutos diálogos, cuyo principal objetivo es una pelea personal con el Kirchnerismo, más que un aporte al bienestar del pueblo. Me he preguntado, si al igual que la suculenta porción de tira de asado con fritas, detrás de ese escaparate de “consensos parlamentarios” no se ocultan muchas cosas como el pobre Piero (expulsado a la calle por el neoliberalismo) ocultaba en su “secreto”. Me he preguntado si no se ocultan las grandes diferencias que hay para encarar un futuro del cual no tienen propuesta ni alternativa conjunta, ya que la necesidad de ver de rodillas a Néstor Kirchner o a la propia Presidenta, los ha cegado y es más fuerte que la voluntad de liderar un proyecto reformista con profundas convicciones ideológicas.

Me he preguntado que consenso puede tener Giustiniani, con Rodriguez Saá, o Morales con Menem, o Romero o Nito Artaza, o Chiche Duhalde con Norma Morandini.

He interpelado imaginariamente a esa oposición que convive tras el escaparate de la mugre como si todos fueran lo mismo, como si a la hora de oponerse no hay historia ni memoria que haga reflexionar a nadie.

Esa basura, esa mugre oculta detrás de pactos sellados con repasadores como los de Piero, entre cucarachas y gusanos, son los que hoy nos proponen a todos los argentinos estos opositores.

Habrá que apostar a que alguno de estos tipos les agarre una chiripiorca como a mi pobre parrillero y descorrer la cortinita para poder ver el detrás de la escena.

Mientras tanto, todos seguimos comiendo el muslito con fritas, y hasta chupándonos los dedos.

Publicado en importatuopinion.blogspot.com

Un comentario

  1. La clase politica Argentina en su gran mayoria y salvo honrosas excepciones, tiene para con nuestra sociedad una asignatura pendiente, superar el sindrome del “que se vayan todos” porque solo demuestran que estan ocupados en mantener sus cargos y sus prebendas

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*