Carta de Lectores, Política

El virus de la mentalidad progresista

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Luego del fracaso mundial en el que ha incurrido el régimen comunista (derrota formalizada y simbolizada con la caída del Muro de Berlín en 1.989), resulta sumamente dificultoso explicar y analizar por qué sus adherentes, en vez de efectuar un riguroso acto de constricción y reflexión mudando de tan horrorosa ideología hacia aquellas que han demostrado eficacia y vigencia, prosiguen aferrándose al marxismo y sus derivados a modo de masoquismo intelectual o espiritual. Creemos que una de las causas que quizás explique esa perseverancia, en parte consiste en que mayormente no se suele juzgar a esa ideología en función de sus infructuosos resultados, sino en función de la aparente bondad de sus objetivos.

De todos modos y a pesar de su insistencia en permanecer en el desacierto, existe en los numerosos prosélitos  de este espectro ideológico una notable mutación en las formas y en el lenguaje con respecto a la radicalizada militancia de otrora. En efecto, una vez ya devaluado el “comunismo” y por ende el término “comunista”, la mayor parte de  sus simpatizantes de inmediato maquillaron el actuar y en primera instancia salieron a la palestra aplicando un discurso vagaroso nutrido de una fraseología repartidora y distribuidora de culpas alegando que “es el fin de las ideologías” (metiendo a todas ellas en una difusa licuación derrotista) cuando en verdad, prima facie, solamente era el fin de la ideología comunista que había fracasado, pero no de las exitosas que perduraron.

Dentro de esta estrategia disuasiva, se solía decir (y se sigue diciendo) que las categorías “derecha-izquierda” son caducas; pero sin embargo, los izquierdistas (concientes o no) insistentemente tildan de “derechista” a todo aquel que no piense como ellos, lo cual resulta contradictorio, puesto que como el concepto ¨derecha¨ se vincula necesariamente con el de ¨izquierda¨, al declararse que la “izquierda” después de la caída del Muro de Berlín ha desaparecido, por lógica debería dejar de usarse la palabra ¨derecha¨. Asimismo, el término “derecha” nunca es definido de manera concreta o taxativa, y se suele llamar de ese modo a todo aquel que no sea de izquierda.

Ocurre entonces que la izquierda no ha desaparecido sino cambiado de cáscara. El hecho de que en la actual coyuntura no le convenga cuestionar del todo el Derecho de Propiedad (aunque se lo relativice) ni la Economía de Mercado (aceptada a duras penas no sin regulaciones estatales y todo tipo de dirigismos) no implica la extinción de la izquierda, y muchísimo menos el aminoramiento de la cuantía de sus militantes e ideólogos. Que el debate actual se haya perfilado hacia un costado menos economicista y se haga mayor hincapié en aspectos culturales o morales, ello no impide que tal antinomia se encuentre a la orden del día.

Pero este “agiornamiento” no es absoluto, pues aunque en minoría, subsisten sectores pertenecientes a una nostálgica izquierda tan bulliciosa como dogmática y dividida en tantos partidos como militantes. Estos, aunque numéricamente modestos, muchas veces y en determinados puntos concretos marcan objetivos que luego son alcanzado no por ellos, sino por el progresismo (poseedor de mayor poder político) que los conciente cómplice y silenciosamente.

Esta izquierda rabiosa, según lo describe la fastuosa pluma del Profesor Antonio Caponnetto, está compuesta por variados grupos que “Ideológicamente hacen gala de anarquismo y marxismo explícitos, de guevarismo y comunismo directo y brutal, y de una forma mentis signada por la promiscuidad, el hampa, la roña moral y física, y el odio a todo lo que represente la más elemental noción de autoridad humana o divina. Son en sentido estricto, irrecuperables hordas rojas, llámense quebrachos, polos obreros, corrientes clasistas y combativas, izquierdas unidas o delincuentes rejuntados”.[1]

Empero, como ya fuera dicho, el grueso de la “izquierda” actual no está representada por estas infelices comparsas sino que, utilizando diferentes solapas, rara vez suele presentarse en sociedad como tal. Pues el comunismo residual y sus adaptados simpatizantes comenzaron a utilizar denominaciones que resultasen más almibaradas ante la opinión pública, suavizando entonces los rótulos y así como la expresión “socialdemócrata” o “reformista” fueron los eufemismos favoritos y más utilizados durante las décadas 80/90, actualmente la denominación predominante y en boga es el “progresismo”. La propia etiqueta nos lleva a relacionarla instantáneamente con la palabra “progreso” que resulta “talismánica” al sonar agradable a los oídos de cualquier interlocutor.

Tradición, Progreso y Progresismo

En efecto, el vocablo “progresismo” utilizado a modo de desprendimiento del término “progreso”, es asociado ipso facto con el “avance”, a lo que se suele vincular instantáneamente “mejoría” o “bienestar” en cualquier área que se trate. Asimismo, quien se oponga a alguno de los “cambios” (selectivamente promovidos por los hábiles manipuladores de esta corriente) de inmediato es calificado difamatoriamente como un “retrógrado”. Si bien oponerse a novedades nocivas no implica ser tal cosa, la etiqueta ya queda colocada y luego es difícil erradicarla cuando detrás del estigma hay además una profusa campaña mediática dirigida a consolidar el mote de arcaico.

Este tipo de trampas lingüísticas no es nuevo ni exclusivo, puesto que así como nadie puede estar en contra -en materia penal- de las “garantías jurídicas”, estas nada tienen que ver con el “garantismo” (que es la corriente criminológica del progresismo), doctrina tendiente a beneficiar siempre y de cualquier modo a los delincuentes. Mutatis mutandis, nada tiene que ver el “progreso” con el “progresismo”.

¿Y cuál es la verdadera naturaleza de aquello que se denomina “progresismo”?. Aquí tendríamos que efectuar una clasificación divisoria:

Por un lado encontramos lo que denominaremos el “Progresista Activo”, que es el ideólogo, el militante conciente, portador de un objetivo concreto.

Por el otro, encontramos al “Progresista Pasivo” (la inmensa mayoría de sus miembros) que son simples adherentes al discurso superficial del progresismo.

Es decir: tenemos progresistas abiertamente comprometidos y compenetrados con una causa específica, y progresistas que repiten y acatan el discurso con motivo y ocasión de una extraña mezcla compuesta por el hábito, la ingenuidad, la hipocresía y el snobismo. A estos últimos también les cabe el mote de “idiotas útiles”, pues en palabras de Chesterton: “hay dos clases de dogmáticos: los que saben que lo son y los que lo son si saberlo”.

En extrema síntesis, podemos decir que el progresismo constituye una tendencia propensa a abrazar todo aquello que es nuevo o transgresor por el sólo hecho de serlo. Vale decir, se nutre del hecho sintomático de aplaudir y promover las novedades como un fin en sí mismo, sin siquiera analizar la fecundidad de la novedad en cierne. Pero en rigor de verdad, es dable efectuar la siguiente aclaración: el objetivo enmascarado de los verdaderos ideólogos del “progresismo” (el progresismo activo) no consiste en barrer con todo lo actual como un fin que se agota allí sino para luego, y como objetivo ulterior, construir otro esquema de valores y de sociedad (de tinte igualitaria y emparentada con el socialismo). La consigna es entonces: “destruir para construir”, o como lo pregonaba en otro contexto el lider comunista Mao Tse Tung: “desaprender lo aprendido para aprender”.

La enmascarada finalidad de los “progresistas activos” consiste entonces en “destruir” la cultura, las Instituciones y los valores tradicionales o naturales, no para generar un gigantesco escombro socio-cultural como un daño per se, sino para, sobre sus ruinas, edificar todo aquello que no se pudo efectuar por la vía armada y la coacción. En cambio, el “progresista pasivo” (probablemente bienintencionado) no tiene conocimiento sobre estas metas ulteriores, pero resulta involuntariamente funcional a los retorcidos intereses escondidos por los “progresistas activos”, que obran como verdaderos titiriteros. Para estos últimos, el objetivo de plazo inmediato es cambiar todos los paradigmas antedichos y a la postre, modificar las estructuras políticas.

A modo ejemplificativo de lo que conforma este fundamentalismo de adhesión a lo flamante, tomemos en cuenta que el lema escogido por el brillante pensador marxista italiano Antonio Gramsci (considerado como el padre de la “revolución cultural”) para la revista Ordine Nuovo: “La Verdad es Revolucionaria”, y tangencialmente, como la “revolución” es por definición algo necesariamente “nuevo” que viene a suplantar a lo vigente, lo “nuevo” es luego ofrecido como algo necesariamente verdadero. A esto debemos agregar el siguiente detalle: el marxismo nunca tuvo por objetivo buscar la verdad, sino “construir” una verdad, y sobre esta “verdad artificiosa” o premisa falsa, construir una nueva estructura social.

Dentro de su composición interna, los “progresistas activos” no siempre trabajan en forma conjunta, pero tampoco inorgánica. Por lo general se mueven en el marco de plataformas autónomas, pero unidas o entrelazadas por objetivos comunes. O sea, el progresismo no tiene una textura uniforme y está integrada por diversas expresiones, dirigentes, grupos u O.N.Gs., que se especializan o dedican cada una a temáticas concretas, que van desde los “ecologismos”, “pacifismos”, “ecumenismos”, “feminismos”, “derechos humanos” y “pansexualismos” entre otros “buenos propósitos”. Prima facie, ninguna de estas consignas conlleva un objetivo malsano, sino que la perfidia suele esconderse detrás de sus atractivos carteles.

Desde lo cotidiano, y concentrándonos en el perfil del “progresista pasivo”, éste defiende las principales ideas-fuerzas direccionadas por el “progresismo activo”, pero difícilmente consienta el objetivo ulterior que se halla enmascarado. Siguiendo la pluma del citado profesor Caponnetto, a este variado espectro lo componen por igual “funcionarios y piqueteros, periodistas y legisladores, partidócratas y punteros de comité, abortistas y manfloros, sedicentes defensores de los derechos humanos y esa inmensa ralea en la que tanto cabe el cantautor como el comunicador social, el universitario progresista, el marginal salteador, el atildado dirigente oficial, el curerío  apóstata, los jueces garantistas  y  la turba juvenil o senil a la que han llenado el alma de resentimientos e historias mendaces”.[2]

Según lo señala el impecable análisis de Juan José Sebreli, el progresismo argentino constituye una “franja compuesta por un sector de la clase media semiculta de los grandes centros urbanos, agrupada bajo la denominación vagarosa de “progresismo”…Sus principios confusos y contradictorios, mezcla de ingenuidad e hipocresía, de contestación y conformidad con las bogas vigentes y beata devoción por las “buenas causas”, asemejan a los progresistas de hoy a los “idiotas útiles” de los tiempos dorados del estalinismo.  “Los progresistas inciden en la opinión pública, ya que muchos son profesores, escritores, periodistas, psicoanalistas, artistas, comunicadores sociales, a los que se suman ricos con sentimiento de culpa, o gente exitosa en el mundo del espectáculo, el deporte o los negocios. Para muchos de ellos, el progresismo, en la acomodada madurez, representa la fidelidad al ultraizquierdismo cultivado en su juventud.

Rasgos característicos del progresismo son la confusión entre la moral y política, entre moral y economía, el rechazo por toda forma de realismo político, la sustitución de los análisis concretos por la denuncia y la lamentación, el reemplazo de propuestas viables por la sujeción a principios abstractos, a bellos deseos imaginarios, una obstinada negación a ver la cruda realidad y una memoria histórica maniquea y distorsionada…La indignación del progresismo es una actitud moralista y sentimental que, en abierta contradicción con el marxismo clásico, consideran reaccionaria la preocupación por los datos de la economía, por los fríos y deshumanizados números…Por su incapacidad de crear un nuevo partido o un movimiento homogéneo, el progresismo está obligado a adoptar alternativamente a los dos partidos mayoritarios (radical y peronista) aunque de tanto en tanto, rompe esta rutina con la aparición de algún nuevo partido de trayectoria fugaz… El progresismo, que nada aprende, repite eternamente los mismos errores y su arrogancia no le permite admitirlos, prefiere creer que fue traicionado por estos partidos aunque las expectativas no cumplidas solo estaban en su propia imaginación y no en la voluntad de los dirigentes políticos; el engaño será siempre posible mientras existan quienes desean ser engañados y necesitan engañarse a sí mismo.[3]

Progresismo Pasivo -Hipocresía, Igualitarismo y Snobismo

Respecto al defecto de la “hipocresía” señalado por Sebreli, cuya definición es “Fingimiento o falsa apariencia”, es ésta característica (tan común en vastos sectores de nuestra clase media y alta) la que provoca que este espectro poblacional adhiera al progresismo, al advertir que ser ¨progre¨ suena ¨chic¨, y públicamente se definen de ese modo o defienden y sostienen posiciones enroladas en él. De este modo, el “progresista pasivo” a favor del “amor libre” (siempre y cuando no lo practiquen su mujer y su hija); aplaude efusivamente la novedad del ¨casamiento gay” (siempre que el contrayente pederasta no sea su hijo); en materia criminológica el “garantismo” se considera “un avance de los derechos humanos” (hasta que le roban la casa e ipso facto peticiona la pena de muerte); mira con antipatía al sistema económico capitalista, pero cuando tiene que emigrar al extranjero en busca de prosperidad, ni se le ocurre escoger un país que no sea capitalista y así, se sirve y disfruta del comfort y la tecnología occidental, aunque con entusiasmo repudie la “sociedad de consumo”. Fustiga con virulencia a la Iglesia, hasta que padece una enfermedad o situación grave y se rodea de Rosarios y estampas con Santos de los más variopintas; en economía se abomina del individualismo y se pregona un “distribucionismo solidario”, hasta que le retienen o confiscan sus depósitos en algún ¨corralito¨ bancario y en defensa de su patrimonio, no vacila en derrocar a un gobierno al que votó (tal lo ocurrido en Argentina en el año 2.001) y así, se divulgan inacabables declaraciones de principios nunca practicadas con el ejemplo personal, que ratifican la doble faz entre el discurso y el actuar concreto. En torno a este último ejemplo, un viejo chiste decía que ¨socialista es todo aquel quiere repartir lo que no le pertenece¨.

Pero todas las novedosas consignas que estamos viendo y que en materia cultural se pretenden instalar como algo natural y cotidiano, no son arrojadas a la opinión pública indiscriminadamente, sino que la mayor parte de las ideas-fuerza promovidas poseen un inadvertido denominador común: todas profesan el igualitarismo (columna vertebral del marxismo) que trae como secuela la nivelación hacia abajo. De esta manera, en lo económico, la postura “distributiva” pretende nivelar la remuneración del vago con el laborioso o del productivo con el improductivo; en lo criminológico el “garantismo” o el “abolicionismo” asimila al hombre honesto con el delincuente; el “relativismo moral” iguala al asceta con el depravado y así, numerosos ejemplos nos conducen a la misma finalidad igualitaria.

La  prédica “igualitaria” del progresismo llega a absurdos tan grandilocuentes que no vacila en exaltar por ejemplo la “igualdad de oportunidades”, que por definición es enemiga de la “igualdad ante la ley”. Cuenta Benegas Lynch que “si se enfrenta un lisiado con una atleta en un partido de tennis, para otorgarles igualdad de oportunidades habrá que maniatar al atleta con lo cual se habrá conculcado su derecho… de lo que se trata es de que la gente tenga más oportunidades pero no iguales. La igualdad entonces es ante la ley, no mediante ella.[4] Es por ello que Milton Friedman alertaba: “Una sociedad que coloque a la igualdad por encima de la libertad terminará sin libertad y sin igualdad”. Agrega Benegas Lynch que hay tres factores que conducen al igualitarismo: “la envidia, la inseguridad respecto a las propias capacidades y la hipocresía. De los tres, tal vez este último sea el elemento que, con más frecuencia, aparece como rasgo sobresaliente en los “apóstoles de la igualdad”  y con pluma festiva se pregunta “¿cuáles son entonces las ventajas que reporta la tan cacareada “justicia social” y su correlativa “distribución de ingresos”? Ningún beneficio reporta, sólo quita incentivo para la optimización de la capacidad creadora…Para ilustrar la idea, recurramos a un ejemplo sencillo: si el gobierno decide nivelar las fortunas “en 100? – y todo excedente se expropia para entregarse a los que tienen ingresos menores que 100— nadie en su sano juicio producirá mas de 100, aunque su potencialidad fuera de 10.100”.[5]

La prédica igualitaria” va tomando entonces tanta fuerza y aceptación que, alegando el loable propósito de destruir privilegios y desigualdades excesivas, se puede ir más allá, y abolir también gradualmente desigualdades naturales y legítimas. A medida que el rodillo compresor del igualitarismo se vaya tornando más pesado y destructivo, la sociedad irá aceptando el igualitarismo como algo normal, aunque no lo sea. A modo de mero ejemplo cotidiano, es pacíficamente consentido por la masa el concepto del “impuesto a la riqueza” (lo que es algo así como una sanción al éxito comercial), o en otros campos (como el político) la absurda imposición del cupo mínimo de mujeres en una lista partidaria (tratando a la mujer de infradotada al presumir que no tiene capacidad de ganarse un espacio propio) y así, un inacabable etcétera.

No sin relevante dosis de snobismo, el progresista pasivo” es además propenso a tomar posiciones favorables a temas de moda (ahora centradas en un exaltado racionalismo) y así, opinará que en el Siglo XXI hablar de Religión ya es algo propio del “oscurantismo medieval”, y no vacilará en plegarse a despiadadas críticas a la Iglesia Católica (algo que siempre queda bien y jamás hay represalia por blasfemar gratuitamente). “¿Cómo vamos a creer en esas cosas en la era de Internet?” afirmará teologalmente en la mesa de comensales nuestro “progre” lenguaraz, mientras le alcanza el salero a uno de sus contertulios y sin vacilar lo apoya en la mesa (no en la mano), caso contrario trae “mala suerte”. Seguidamente el mentado “racionalista” ya “liberado de las ataduras religiosas”, lo primero que lee en el diario es el “horóscopo” (los hombres particularmente la “suerte numérica” y las mujeres los temas referidos al “corazón”) y probablemente participará en reuniones de “meditación”, “gimnasias orientales” e “imposición de manos” entre otras “ciencias milenarias” a efectos de “armonizar los chacras energéticos”. Del mismo modo, y con el objeto de atraer las “energías positivas”, perfumará su casa con “sahumerios”, decorará el interior de la misma con colores perfecta y “científicamente” combinados a fin de ahuyentar las “malas ondas” y no escatimará en consumir devotamente toda la proliferación de textos de “autoayuda”, los cuales suelen traer una serie de aforismos y moralejas pretendidamente profundas.

Al mismo tiempo, el progresista solerá tener una porción notable de soberbia contraída a partir de la elevada capacidad intelectual que él mismo supone tener (o que le han hecho creer que tiene) quizás por haber transitado en educación terciaria o universitaria, convirtiéndose así en un verdadero “especialista en generalidades” siempre predispuesto a “reflexionar” y opinar autorizadamente sobre cualquier tema, siendo tan capaz de analizar profusamente la política trasnacional como de armar (en una servilleta de papel) la lista del equipo de fútbol imbatible. Políticamente correcto y teorizador de un difuso “deber ser”, adhiere en la mesa de café al “pacifismo universal”, y se indigna con igual intensidad tanto por los “pingüinos que están impregnados de petróleo”o las injusticias que hay en el mundo como por los “niños que mueren de hambre” entre otros sollozos líricos. Propuestas económicas para solucionar los problemas que tanto parecen acongojarlo no se le suelen ocurrir demasiado, aunque a veces recurre a soluciones asombrosas proponiendo “vender las riquezas que hay en el Vaticano”.

Pero como el “progre” no necesariamente se limita al análisis de temas contemporáneos, también se da el gusto de viajar cinco siglos en el tiempo y en dos segundos afirmar que somos pobres por el “sometimiento del que somos objeto tras la colonización europea”, teoría conocida y repetida, aunque demasiado rebuscada al provenir de un “progre” argentino (de apellido paterno y materno de origen europeo) que quizás no posea el mínimo rasgo aborigen. Tampoco advierte que el supuesto “saqueo” al que alude no fue hecho contra él y los suyos, sino por su familia y cosanguíneos ascendentes, ni se le ocurre pensar por qué la Argentina hace no cinco siglos sino cinco décadas era económicamente superior a España, Portugal e Italia juntos.

Como característica destacada, agregamos que el “progresista pasivo” incurre en la insistente indignación y no sabe ni propone ninguna solución concreta a los temas universales que por el lapso de cinco minutos diarios lo apesadumbran. En algún sentido, el progresista es un “utopista”, y para el “utopista” la vida no puede tener normalmente un sentido legítimo de lucha, de prueba y de expiación, sino solamente de una paz blanda y regalada.

Nicolás Márquez

La Prensa Popular

2 Comentarios

  1. Genial, una vez más, Nico.
    Esto explica claramente por qué en los diarios digitales todo comentarista que no coincide con el dogma progre es tildado de facho, nazi o gorila por los idiotas útiles.

  2. Gracias Néstor por el comentario.

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