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El Obispo expresó su descontento con el aborto terapéutico

Habiendo tomado conocimiento de que un Juez en lo Civil y Comercial de Mar del Plata, autorizó la interrupción de un embarazo de cinco meses de gestación, la Iglesia no puede quedarse callada, porque su vocación es defender al hombre contra todo lo que podría degradarlo y ser la voz de los que no tienen voz.

Toda persona humana mediante el uso de su inteligencia, y no sólo por la fe, puede llegar a descubrir que la vida humana se inicia en el momento de la concepción. Este hecho puede ser, además, constatado científicamente. La vida humana posee un valor inalienable desde el momento de la concepción hasta su término natural; y el derecho a la vida ha de ser respetado por todo ser humano desde su inicio. Éstos son dos aspectos fundamentales de la verdad sobre la persona humana.

Las circunstancias dramáticas que pueden darse en la vida de las personas y que, en el marco de la concepción, pueden afectar particularmente a la madre, requieren hoy más que nunca el compromiso serio de toda la sociedad, proveyendo los medios necesarios para cuidar, acompañar y sostener a las personas en situaciones que muchas veces son, difíciles de soportar, de asumir y de superar.

Por estas razones, debemos mirar la compleja realidad en su totalidad: una vez que la concepción se ha producido, y comprendiendo las dificultades que pueda atravesar la madre, aparece en escena un ser humano débil, indefenso y silencioso que nada puede por sí mismo.

La dramática situación, ¿puede hacernos olvidar de este ser humano inocente? La gravedad del caso ¿puede justificar la eliminación deliberada de un ser humano inocente en el inicio de su existencia? La presión que conllevan innegables circunstancias difíciles ¿debería eximirnos de defender el primer derecho humano, que es la vida, y recordar la grave responsabilidad que sobre esa vida tienen en particular los órganos decisorios, los profesionales de la salud que deberían velar por ella?

Todos estamos llamados a amar y acompañar seriamente a quien atraviesa una prueba como la que consideramos. Como Iglesia conocemos el sufrimiento de una madre en una situación tan dolorosa y dramática, pero sabemos también, que la consecuencia de un aborto es una herida en el corazón que difícilmente cicatrice.

No debemos juzgar a nadie, y mucho menos desde la fe. Pero es bueno recordar que la administración de la justicia sólo es justa cuando se ejerce en conformidad con la verdad y el bien moral. La gran contradicción de la cultura actual es que por un lado se proclaman los derechos humanos y por otro se vulneran los de los más indefensos y cuánto más en nuestro ordenamiento jurídico, que desde la misma Constitución prescribe defender la vida desde la concepción.

En el Año Diocesano de la Familia, comunidad de amor al servicio de la vida, elevo mi oración a Dios implorando que ilumine las conciencias de quienes tienen la responsabilidad de proteger la vida.

Juan Alberto Puiggari
Obispo de Mar del Plata

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