Arte y Cultura, Música

CRITICA // Otra noche contigo

Por Mex Faliero
Foto: Carlos Mancino

Pantalón rojo, como los números; remera y frac negros, como las medias. Bombín reglamentario. Joaquín Sabina subió al escenario del polideportivo a las 21:35 del lunes y la tribuna se vino abajo. Esta noche contigo fue el tema de apertura, una canción ideal para prometer un buen momento. Y vaya si lo fue: casi dos horas cuarenta de un Sabina purísimo y dorado, elegante en el decir y efectivo en una selección de temas que viajó hasta Eclipse de mar y se animó hasta con alguna rareza, como un Con la frente marchita en versión reggae.

Las últimas visitas del cantautor español habían sido en el mundialista. Y si bien su repertorio se “banca” bien un estadio, sin dudas que donde más luce es en un recinto más chico, donde puede generar la intimidad que precisan algunas composiciones. La triada Y sin embargo, Cerrado por derribo y Peces de ciudad escuchada anoche, con la forma intensa en que fue interpretada en el Islas Malvinas, confirma no sólo la propiedad de estas canciones en un marco como este, sino además la certeza de que el que tenemos enfrente es un enorme poeta y un artista sin igual.

Digresión: cuando se compara a Sabina con otros intérpretes, y se lo minimiza, bien vale explicar una cosa. Puede que su voz no sea la mejor del mundo, pero es muy personal y, además, uno puede comprobar en vivo que nunca desafina ni erra una nota. Si esa garganta no gusta, estamos ante un tecnicismo. Pero Sabina vale por su poesía, por su lírica, que sabe de submundos y de alta cultura, capaz de citar a El padrino y a Jacques Brel. Sus metáforas son perfectas y las imágenes que crea, novedosas y originales. Claro que sobre gustos no hay nada escrito, pero también es verdad que hay herramientas para demostrar empíricamente que estamos ante un tipo que compone fenomenalmente. Si los poetas hace dos siglos se bastaban apenas de sus palabras, en el siglo XX fueron necesitando indudablemente de una guitarra. Sabina es uno de esos exponentes, tal vez uno de los últimos de la música de habla hispana, de esos que enriquecen el lenguaje, y que no tienen pudor cuando caen en lo guarro.

Si se me permite, un artista de puta madre.

Acompañado como es habitual por los invalorables Pancho Varona y Antonio García De Diego, y especialmente por la virtuosa Marita Barros en coros, Sabina convocó unas 4.500 personas en el polideportivo, un número para nada despreciable si tenemos en cuenta que se trató de una fecha fuera de temporada, en una noche de lunes, pero que por otra parte demuestra cabalmente el poder de convocatoria del español, quien cuenta con un público excesivamente fiel. Motivo más que suficiente, además, para justificar una gira como la de El penúltimo tren, sin disco nuevo bajo el brazo ni ninguna otra novedad, más que esa idea algo fatalista que deja evidenciar el título: ¿Sabina piensa en retirarse?

A juzgar por el concierto de anoche, no. Ni rockero ni acústico, el show fue llevando por donde las emociones conducían mejor: de hecho, recién tras Esta noche contigo, Tiramisú de limón, Virgen de la amargura y Ganas de… Joaquín dirigió algunas palabras hacia el público: fueron pocas, pero fundamentalmente de cariño y agradecimiento. Se filtró algo de oscuridad, al decir que los escenarios curan los dolores del pasado, y un reproche: “cuando andaba por las calles de Madrid, yo cantaba temas de Atahualpa Yupanqui. Que hoy no se lo recuerde, es culpa de ustedes”, acusó con la impunidad que le aporta su carisma y su llegada en el público.

En un recital largo, tal vez uno de los más largos que brindó en la ciudad, hubo dos rondas de bises y Sabina dejó unos momentos el escenario para que el resto de su banda interpretara algunos temas: El rock and roll de los idiotas por Pancho Varona, Yo quiero ser una chica Almodóvar por Marita Barros, Tan joven y tan viejo por Antonio García De Diego, y El caso de la rubia platino por Jaime Asuá fueron especies de puentes para que el cantautor descansara su voz, que aún suena arenosa y fuerte, como siempre.

Conocedor de los momentos que generan climas, Sabina es totalmente cómplice de su público y deja esos instantes que permiten los estribillos para que la gente forme parte del juego: Y sin embargo, Una canción para la Magdalena, 19 días y 500 noches, son de esas que se estiran y se hacen parte del aire. Y con Princesa, un tema que fue ganando lugar en el repertorio sabinero, se arma definitivamente una fiesta que integra los mejores pasajes del mejor Sabina: marginalidad, bohemia, autodestrucción, amores derrotados.

Como decíamos, hubo dos rondas de bises que fueron calmando al público. Sin embargo, por un momento pareció que la noche no terminaba más. Cuando ya habían pasado cinco minutos del nuevo día, Sabina contó que alguna vez intentaron hacer una reversión de Mano a mano, pero no se pudo. En verdad, el tema se conoció como Cuando me hablan del destino y se editó en Dímelo en la calle, pero con otra música. Anoche, ya con las luces del polideportivo encendidas e invitando a la salida, Sabina reflotó la vieja idea: entonces la música de Mano a mano acompañó la letra de Cuando me hablan del destino. Fue una despedida diferente, intensa y satisfactoria.

Después de los 160 minutos que duró el recital, nos dimos cuenta que El penúltimo tren no es tanto una despedida, como un aviso. Es decirnos que no hay que dejar pasar las oportunidades, y que cualquier noche con Sabina, es una buena noche para convocar a la buena poesía con los sonidos populares. Himnos de un corazón engañado, pero con ganas de levantarle la falda a la Luna. Esa mezcla de atorrantez y bohemia pasó por Mar del Plata en una faceta profesional, reposada y feliz. Por otra noche, contigo.

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