Jorge Elias Gomez, Opinión

Alem: la venta de alcohol es la cuestión de fondo

Hay un mercado sobre el cual se acentúa la oferta, la juventud. Todos los desbordes que se producen, son el producto de un negocio que no para de crecer, que se desarrolla al margen de la ley y del interés general.

Hablar de un factor de ocupación, es restarle rentabilidad al negocio. Los comerciantes apelan a la inducción del consumo, sin reparar en los daños que produce en el resto de la sociedad, en este caso los vecinos representados por la asociación de los mismos de Alem e Irigoyen.

¿Cuál es el margo regulador? No existe, adecuado a la realidad del 2010. Las ordenanzas y las leyes han caído en el absurdo. Daniel Scioli apretado por los desbordes, sacó una reglamentación, que como cada una de sus medidas le apunta a presencia mediática. La municipalidad no tiene controles internos. ¿Cómo pretender que tenga controles externos? Es ilusorio pretender que Inspección General ponga en caja las “disco”, junto a los bomberos y a la policía. No hay decisión ni voluntad política de revertir este grave cuadro de situación.

Vender alcohol es un negocio, que crece exponencialmente de acuerdo a los lugares que se convierten en centro de asistencia de los jóvenes, naturalmente buscando diversión y entretenimiento. ¿Por qué Alem? Porque Alem creció en función del descontrol y la falta de cumplimiento. Al margen de responsables que miraron para otro lado. Hoy en la actual administración, hay por lo menos tres funcionarios que desde sus cargos políticos y de ley (con acuerdo del Concejo), que revisten en los pliegues del poder y que no son ajenos a ésta problemática, que dejaron que se expanda, por distintas razones, entre ellas haber sido abogados de mucho de los bares en cuestión.

El fenómeno se fue multiplicando a partir del 2001, los bares de Alem son un clásico de la ciudad, que se ha edificado contra los intereses de los vecinos. Una esquela al Concejo. Una reunión con el intendente de turno. La formación de una comisión mixta. Es decir, aquellos recursos que la política domina como un mecanismo de relojería, cuando no existe una real convicción de eliminar un problema.

Los bares de la calle Alem son un gigantesco negocio económico que tiene la complicidad política de radicales, justicialistas y de Acción Marplatenses. No hay inocentes en este tema, actúan según su turno, o para ser más claros, según de qué lado del mostrador se encuentren ubicados.

No sería raro que la definición de corrupción, se pueda aplicar con todo el rigor de la etimología de la palabra. Alguien permitió que todo esto ocurriera y la administración de Daniel Katz se lleva las palmas sin lugar a dudas, por omisión, por distracción, por falta de apego a la gestión, pero todas las causas, de manera indefectible, terminan impactando directamente en beneficios económicos, para los empresarios de los bares.

Ellos han creado una llave comercial y han invertido en la misma, mucho, muchísimo dinero y hoy con razón se sienten con derechos adquiridos. Esta es una usurpación de hecho, a la buena fe de los vecinos a los cuales las autoridades de turno, no supieron ni se preocuparon en proteger. Ahora se acabó el “tiki-tiki” y nadie le puede poner el cascabel al gato. Se manejan cifras millonarias, esta es la verdadera cuestión de fondo. Tampoco existe una firme convicción de resolver el problema como una razón de Estado. Hay que poner un límite 1, 2, 3, 4 o 5 años, a partir de entonces, una nueva radicación para devolverle la tranquilidad a los vecinos, a los cuales se los ha invadido.

Sin ir más lejos, en el caso de Manolo sobre calle Santa Fe no se puede vivir. A las 06.00 de la mañana, un compactador de basura comienza a hacer un ruido insoportable, y luego desobstruyen las cañerías de aceite, también bajo la acción de un mecanismo hidráulico. Lo cierto es que vivir en Santa Fe y Rivadavia, equivale a convivir con los ruidos propios del Parque Industrial. ¿Y a quién le importa? Cada cual hace su juego en función al poder que detenten, económico, político, sindical, judicial etc.

Jorge Elías Gómez
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