Opinión

¿Cuánto valen…?

¿En cuanto pueden valuarse las manos del Capitán GONZALEZ, perdidas en el estallido de la bomba colocada en la Escuela del Servicio Penitenciario Bonaerense?

¿A cuánto asciende el costo en dolor y deterioro moral de los efectivos del Cuerpo de Caballería obligados a sostener a pié firme y sin respuesta el ataque de un grupo de energúmenos en la ciudad de Miramar?

¿O la vida de los tres camaradas masacrados en la planta transmisora de La Plata, Sargento PEDRO DIAZ, y Oficiales de Policía ALEJANDRO BATALARO y RICARDO TORRE BARBOSA?

¿O la del Subteniente HECTOR LUJAN, asesinado en La Plata por un contraventor a la vista y paciencia de tres compañeros?

Basten solamente estos ejemplos a los que se podrían agregar muchísimos más para poner en evidencia lo que parece que hasta ahora solamente APROPOBA ha venido señalando en sus constantes reclamos por la dignidad del policía, existe un denominador común en los hechos citados y en la mayoría donde no solo el derrame de sangre policial se encuentra presente sino también la propia libertad del efectivo: Una gravísima falta de conducción por parte de los estamentos superiores de la Institución que se pone de manifiesto cada vez con mayor frecuencia y que no alcanza a compensar la distribución gratuita y a la marchanta de altas jerarquías cuyos soles parecen solamente adornar los uniformes mas como contrapeso que como insignia reconocible de capacidad de mando por no sustentarse, en lo general sobre verdaderas capacidades logradas a través de años de experiencia y verdadera formación.

Sin entrar en mayor detalle y a manera de ejemplo, únicamente echando mano a la información que es de dominio público podemos reconocer a simple vista que en los cuatro casos citados la ausencia prácticamente total del concepto de autoridad superior derivó en las consecuencias sabidas.

En el primero de los casos, todos los policías reconocemos de la autonomía con que debe desempeñarse un perito en explosivos en el manejo de las situaciones de su especialidad en la que le toca actuar, pero también es sabido que la presencia superior en un hecho de las características en las que le cupo al Capitán González, bien pudo haber estado, durante su formación o en el momento del suceso la voz del superior para aconsejar o recordar como prioridad fundamental la necesidad de la preservación de la vida no solo de terceros sino propia. La utilización de un robot, de una pértiga, o de un simple lazo para mover a distancia y seguridad el artefacto sospechoso aún a riesgo de una explosión que solo hubiera producido daños materiales no nos hubiera hecho lamentar lo ocurrido. Siempre la responsabilidad superior que debería acompañarlo debe encontrarse presente y disponer en última instancia, para superar con la lógica aún la valentía que a riesgo de su propia seguridad, como en este caso produjo los daños irreparables. Ningún superior asumió esa responsabilidad, ningún precio puede devolverle al Capitán González sus manos.

Lo ocurrido en la ciudad de Miramar, es más que una muestra de hasta donde ha llegado en nuestra institución la total carencia de responsabilidad de los niveles de conducción en lo que hace al cuidado de la vida y salud de sus subordinados, deber entre los primordiales de los superiores en toda la historia y en todas las circunstancias.

Tres horas debieron soportar los efectivos de caballería el ataque de un pequeño grupo de enajenados que se podría haber dispersado con algunos gases y salvas de goma en pocos minutos con el resultado de una docena de camaradas heridos no solamente en su cuerpo sino en su dignidad de personas se produce en presencia y paciencia de la entonces segunda máxima jerarquía de la Institución el Comisario General Matzkin, que pacientemente negó a sus subordinados defenderse, resguardando solamente sus intereses políticos que no obstante haberle redituado el reconocimiento por haber traicionado los principios policiales y a sus propios camaradas, no hay duda de que la asunción a nuevas responsabilidades dentro de la conducción superior se ha concretado con una merma notable en su capacidad de mando por la lógica desconfianza originada hacia el por lo sucedido.

A tanto tiempo de ocurrido los hechos de la planta transmisora de La Plata, desde APROPOBA seguimos esperando no solamente su total esclarecimiento y la condena penal de sus autores, cómplices y encubridores, sino que también, como lo hemos reclamado en innúmeras oportunidades, las sanciones administrativas y hasta penales de aquellos jefes superiores que debieron controlar, y con ello proteger a los camaradas después asesinados, inobservancia que se evidencia cuando sus cuerpos fueran encontrados recién a la hora del relevo. Como lo hemos dicho anteriormente, ni sus superiores del área de comunicaciones de la cual era responsable el objetivo, ni de la jefatura departamental, y  de la comisaría seccional jurisdiccional cumplieron con su deber de control y consecuente protección por los medios a su alcance como resulta de su obligación, sin embargo hasta la fecha no se conoce que se hayan afrontado responsabilidades al respecto. Otra muestra más del deterioro de la conducción en nuestra institución.

Por último, el caso en que perdiera la vida el Subteniente Luján en La Plata, es más que una muestra no solo del descuido en la capacitación actual de nuestros camaradas en actividad, sino también la ausencia una vez mas de la necesaria conducción, en un hecho en que cuatro subalternos, con superioridad numérica indiscutible no pudieron, no supieron o no quisieron reducir a un simple contraventor, y en esta situación la ausencia del superior no solo en el lugar de los hechos, donde bien podría plantearse esa situación, sino en la formación original, la complementaria de los cursos de reentrenamiento sino también en la tarea diaria que como consejo, charla o simple asesoramiento, o de lo que podrían ser las antiguas academias, tiene todo superior de ir formando a sus subalternos para que puedan enfrentar los constantes desafíos de su profesión.

Cantidad de oficiales jefes colman las dependencias policiales con jerarquías alcanzadas gracias a las facilidades que otorga el actual desorden de la carrera policial ideado y puesto en marcha por el mal recordado ex Ministro Arslanián, la mayoría desconformes con sus funciones que no colman sus expectativas de ejercer jefaturas ya que ni la creación de nuevas jefaturas departamentales, y dependencias de todo tipo alcanzan para satisfacer la oferta. Muchos caciques y pocos indios es una realidad ahora más que nunca y para colmo la mayoría de esos caciques han olvidado incluso las obligaciones inherentes a su cargo porque ya nadie se las enseña o recuerda, y para colmo hasta tiemblan de solo pensar que alguien los escuche hablando de los derechos que tendrían que tener los policías, es una constante que deberían tener en cuenta quienes se ufanan de estudiar las causas de la inseguridad en que vivimos.

Si bien nos parece que no hay precio para pagar el daño de este otro resultado de la inseguridad que se suma a los padecidos por el resto de la sociedad, no hay partido político, ni organización social, ni periodismo, ni gobierno, ni nadie que los tenga en cuenta, lo único seguro es que a la vista está que las manos de González, las vidas de Battalaro, Díaz, Torre Barbosa, Luján y de los tantos y tantos muertos y heridos policiales al menos para ellos NO VALEN NADA.

APROPOBA, 12 de diciembre de 2011.

MIGUEL ANGEL REYNOSO
Secretario General

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